La madrugada envolvía la cabaña en una calma quebradiza. Lena dormía en la habitación contigua, su respiración pausada como un reloj antiguo. Elia, en cambio, no lograba conciliar el sueño. Estaba sentada junto al fuego, envuelta en una manta, con la runa lunar aún brillante bajo la piel. No de forma constante, sino como un pulso intermitente. Como si algo —o alguien— la llamara desde lejos.
Cada vez que el fuego lunar palpitaba en su brazo, Elia sentía que le respondía una memoria. No suya. De