CAPÍTULO 72— El abismo del silencio
Tao estaba sentado en el centro de la celda, con la espalda apoyada en la pared helada. Sus manos, aún manchadas por la ceniza de Ardeón bajo las uñas, temblaban de forma espasmódica. Sin la conexión constante con el mundo exterior, sin el murmullo de los pensamientos de la manada, su mente se había convertido en una cámara de eco.
— ¿Por qué los detuviste? —susurró una voz en la penumbra.
Tao abrió los ojos, pero no vio nada. La voz no era física. Era un eco