La luz fría de la UCI bañaba el rostro pálido de Laura. Antonio no se separaba de su lado, su mano aferrada a la de ella como un ancla. Marco y Valeria permanecían de pie, la rabia y la impotencia creando una tensión palpable en el aire.
Valeria rompió el silencio, su voz un filo de acero. —El bisturí era nuestro, de los desechables. Nos está demostrando que puede convertir nuestro santuario en nuestro campo de minas.
—No fue un golpe bruto —asintió Marco, los ojos fijos en el vendaje de Laura—