La calma tensa se extendió por dos semanas, un respiro artificial que todos en la Clínica Mendoza sentían precario. Laura, fiel a su carácter necio, se negó a seguir internada. "No voy a regalarle esa satisfacción", insistió, y fue trasladada a la Mansión Mendoza, convertida ahora en una fortaleza bajo la atenta mirada de Elena y un discreto pero férreo dispositivo de seguridad. Fue Elena quien propuso la cena. "Necesitamos recordar quiénes somos más allá de esta guerra", dijo.
La noche en la m