—¡Maldita sea! ¡Maldita sea, Ellis! —Ian se llevó las manos al cabello, con los ojos desencajados—. ¡Se la ha llevado! Ese perro traidor de Bianchi se la ha llevado…
En cierto punto, ya no escuchaban nada. Como si algo se hubiera desconectado y el sonido se hubiese pausado. Lo único que lograron ver era como ellos desaparecieron de la escena.
La escena era insólita. Ellis, acostumbrada a la calma glacial de su hermano, lo miraba con desconcierto. Siempre creyó que Ian era una estatua de mármo