La situación rozaba lo descabellado. Su hermana seguía sin encontrar a Emma y el maldito perro traidor de Bianchi seguramente desquitaría su odio con ella.
Ian, una vez más, no sabía qué hacer. La desesperación le carcomía el estómago y el nerviosismo le trepaba por la espalda como un pinchazo agudo.
Desde el principio, había detestado la idea de que ella se ofreciera como carnada. Pero era tan malditamente terca que, aun así, había decidido sacrificarse.
Y, por supuesto, nadie se opuso.