Los gritos incesantes de la mujer resonaron en las paredes del viejo deshuesadero.
—¡Ahhhhhhhhhh!
Evaristo permaneció inmóvil, aunque por dentro su corazón estaba lastimado. Sin embargo, no era algo que su pupila pudiera notar.
Nuevamente, más gritos desgarradores. Por fin decidió echar una mirada, justo en el momento en el que uno de sus hombres sumergía la cabeza de la chica en un contenedor de agua. La dejaba ahí un momento, y cuando la sacaba, ella lograba tomar una bocanada de aire,