El arma seguía rozando el rostro de la modelo.
Fría, peligrosa…
El cañón acariciaba su piel como si midiera el lugar exacto donde dejar la bala.
Ella ni se movía. Ni respiraba fuerte.
Sabía que con ese nuevo Ian no se jugaba.
Intentó hablar. Decir algo que lo hiciera entrar en razón.
Pero era inútil.
Ese hombre ya no escuchaba.
Era un desquiciado, y ella lo supo al ver sus ojos: no quedaba nadie ahí dentro.
¿Cómo había logrado volverlo loco a ese grado? ¡Esa maldita mosca muerta