LA MENTIRA DEL MAGNATE

LA MENTIRA DEL MAGNATEES

Romance
Última actualización: 2026-06-09
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Resumen
Índice

Casper Della Torre está en el asiento trasero de su coche blindado, bajo la lluvia de Ginebra, revisando las cifras de seguridad digital en su tableta. De pronto, la puerta se abre de golpe. El olor a lluvia mezclado con un perfume dulce y el aroma metálico del miedo inundan el espacio. Entra una mujer con el cabello revuelto, la respiración rota, un tacón en la mano y la mirada desorbitada por la droga que empieza a apagarle el cerebro. Él no la compadece; se tensa. Su mente de software procesa el peligro: ¿Prensa? ¿Chantaje? ¿Una emboscada de los enemigos de su padre? La sujeta de las muñecas con fuerza, inmovilizándola contra el cuero del asiento. —¿Quién te envía? —exige él, con esa voz grave que intimida—. ¿Cuánto te pagan por esto? Ella no responde con una súplica; lo mira con esos ojos verde oliva que, incluso en la bruma de la inconsciencia, sostienen la mirada antes de que el cuerpo se le desplome en el regazo del magnate. Y es ahí, bajo la luz mortecina de la calle, cuando Casper le aparta el cabello de la cara y el corazón se le detiene: es el vivo retrato de la novia que su familia borró del mapa hace diez años. Para Casper Della Torre, el intachable aristócrata y gigante de la inteligencia artificial en Suiza, esa desconocida no es una víctima; es una amenaza directa a su blindada reputación. Lo que él ignora es que Leonor Carvajal, una brillante y solitaria estudiante de literatura, acaba de escapar de una infame trampa de abuso y ciberacoso orquestada por la envidia de su mejor amiga en un hotel cercano. ¿Qué sucede cuando la víctima confronta al verdugo equivocado exigiendo respuestas? ¿Podrá Leonor sobrevivir al encierro? ¿Quién caerá primero?

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Capítulo 1

LO QUE HACE LA ENVIDIA

**LEONOR**

El tintineo de las copas de cristal en la terraza del café de la *Place du Bourg-de-Four* aún resonaba en mis oídos como un eco lejano, distorsionado por la náusea que trepaba por mi garganta. Hacía apenas una hora, la luz dorada del atardecer de Ginebra iluminaba el rostro sonriente de Chloe. Habíamos celebrado mi nota en el examen final: la calificación más alta de la facultad. Ella me había abrazado, repitiendo lo orgullosa que estaba de mi logro.

Ahora, el mundo se tambaleaba bajo mis pies. El suelo de moqueta del hotel flotaba.

—Bébete esto, Leo —había dicho Chloe en el café, pasándome una copa de vino blanco que yo no quería—. Te lo mereces. Por ser la maldita perfección de la clase.

Su voz, que entonces me pareció festiva, cobraba un matiz viperino en mi memoria fragmentada. El líquido había tenido un regusto amargo, casi imperceptible, camuflado por la acidez de la uva. Quince minutos después, mis extremidades pesaban como el plomo y una densa neblina se instaló detrás de mis ojos. Chloe me había conducido hasta este hotel boutique, asegurando que me reservó una suite para “continuar la sorpresa”.

Me apoyé contra la pared fría del pasillo del tercer piso. Mi respiración era un silbido errático. Las luces del techo giraban, convertidas en destellos violentos que me taladraban el cráneo. Avanzar era un suplicio, pero la adrenalina que bombeaba mi corazón luchaba contra el efecto sedante que intentaba apagar mis músculos.

—¿Está todo listo? —La voz de Chloe llegó desde la esquina del pasillo, amortiguada por la distancia, pero nítida para mi intuición en alerta.

Me detuve en seco, conteniendo el aire. Me oculté detrás de una columna ornamental, clavando las uñas en las palmas de mis manos para no perder el sentido.

—El dinero ya está transferido a la cuenta, preciosa —respondió una voz masculina, grave, con el deje rudo de alguien que no pertenecía a los círculos académicos de la universidad.

—Perfecto. Está en la habitación 304. Completamente indefensa —susurró Chloe. Había una frialdad aterradora en su tono, una malevolencia que me heló la sangre—. El enlace del blog de la facultad está preparado. Asegúrate de que las fotos sean explícitas. Quiero ver la cara del decano cuando la brillante Leonor Carvajal aparezca mañana en la portada digital como una cualquiera. Se acabó su maldita beca. Se acabó ser la sombra de la perfecta española.

Un golpe de realidad me sacudió el cuerpo, disipando parte de la bruma. Envidia. Pura y destructiva envidia corporativa por una calificación. Mi mejor amiga, la única persona en la que había confiado en este gélido país, me había vendido para destruir mi reputación y mi futuro.

Escuché los pasos del hombre acercándose a mi posición. El pánico me otorgó una fuerza ficticia. Me giré, ignorando el peso muerto de mis piernas, y caminé en dirección opuesta, hacia las escaleras de servicio.

El pomo de la puerta de emergencia cedió con un chasquido metálico. Bajé los escalones de piedra de dos en dos, perdiendo el equilibrio en el primer descansillo. El tacón de mi zapato izquierdo se dobló, haciéndome quejar del dolor cuando mi tobillo cedió. Sin pensarlo, me arranqué ambos calzados. Sostuve el zapato derecho con fuerza, usándolo como un arma improvisada mientras descendía hacia la planta baja.

El aire frío del callejón trasero del hotel me golpeó la cara como una bofetada necesaria. Llovía con fuerza sobre Ginebra. Las gotas gruesas se mezclaban con el sudor frío de mi frente, empapando mi vestido de seda verde oliva.

—¡Oye! ¡Espera! —El grito del hombre resonó desde la parte superior de la escalera metálica de escape.

Miré hacia atrás. La silueta del mesero que Chloe había contratado descendía a toda prisa. Su mirada era rapaz, la de un depredador que veía cómo su fajo de billetes se le escapaba entre los dedos.

—¡No te muevas, niñata! —rugió, estirando una mano hacia mí.

La distancia entre nosotros era de apenas tres metros. Mi cuerpo temblaba, la droga nublaba mi periferia y el pavimento mojado quemaba las plantas de mis pies descalzos. Cuando su mano enguantada se cerró sobre mi hombro, la memoria de mi hermana Sira cruzó mi mente como un destello de pura supervivencia. No me dejaría atrapar. No desaparecería como ella.

Me giré con un movimiento violento, impulsada por el miedo absoluto, y estrellé el tacón de aguja del zapato que conservaba directamente contra su pómulo izquierdo.

El hombre soltó un alarido de dolor, llevándose las manos a la cara mientras la sangre comenzaba a brotar entre sus dedos. Tropezó hacia atrás, dándome los segundos que necesitaba. Corrí. Salí del callejón hacia la avenida principal, con la respiración rota y el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado.

La tormenta arreciaba. El agua nublaba mi visión, las luces de los postes de luz se estiraban en la oscuridad y mis piernas amenazaban con fallar en cualquier momento. El veneno en mi sangre estaba ganando la batalla; el frío de la noche ya no me espabilaba, sino que entumecía mis sentidos. A lo lejos, estacionado junto a la acera de una exclusiva zona residencial, divisé un vehículo imponente. Negro, reluciente bajo los faros, un blindado que parecía la única balsa de salvación en medio de mi naufragio.

Caminé hacia el automóvil a trompicones, arrastrando los pies sobre el asfalto helado. El instinto me decía que si me desplomaba en la calle, el cómplice de Chloe me encontraría. Toqué la carrocería húmeda del coche. Para mi sorpresa, el seguro de la puerta trasera cedió con un suave mecanismo electrónico al tirar de la manilla. Alguien acababa de subir o estaba por bajar.

Me deslicé al interior, empapada, temblando y exhalando un jadeo ahogado. La puerta se cerró detrás de mí, aislando el rugido de la tormenta. El espacio se inundó al instante con el olor a cuero caro, lluvia y el aroma metálico del terror que desprendía mi propio cuerpo.

—¿Qué demonios…? —Una voz grave, gélida y cortante como el hielo de los Alpes vibró en la penumbra del habitáculo.

Alcé la vista, parpadeando con dificultad para enfocar la figura que se encontraba a mi lado. Un hombre de traje impecable a medida, con una tableta digital entre los dedos y una mirada tan intensa que pareció congelar el poco aire que quedaba en mis pulmones. Tenía una cicatriz apenas visible en la sien izquierda que se acentuó cuando frunció el ceño.

Su cuerpo se tensó de inmediato, adoptando una postura rígida, desprovista de cualquier rastro de compasión. Sus ojos oscuros me barrieron con una paranoia analítica, calculadora.

—¿Quién te envía? —exigió, sujetando mis muñecas con una fuerza implacable que me inmovilizó contra el cuero del asiento—. ¿Cuánto te pagan por esto? ¿Es una trampa de prensa o un chantaje de los socios de mi padre? Habla.

Intenté articular una palabra, una súplica, una explicación sobre Chloe y el hotel, pero mi garganta estaba seca. El esfuerzo por escapar había agotado mis últimas reservas de energía. La neblina negra avanzó desde los bordes de mi visión, reclamando el control de mi mente.

A pesar del agarre doloroso en mis muñecas y de la frialdad de sus preguntas, sostuve su mirada con mis ojos verde oliva, negándome a mostrar debilidad antes de desvanecerme. Su rostro, iluminado fugazmente por la luz mortecina de una farola a través del cristal, pareció congelarse. La rigidez de sus facciones se transformó en un estupor absoluto. Sus dedos aflojaron la presión en mis muñecas, rozando con incredulidad los mechones húmedos de mi cabello.

—No puede ser… —susurró, y por primera vez, su voz perfecta flaqueó.

Mi cuerpo no resistió más. La oscuridad me arrastró por completo, y mi frente se desplomó sin fuerzas sobre el regazo del imponente magnate.

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