VINCULOS

**LEONOR**

 

El sonido de la puerta al cerrarse a las espaldas de Casper Della Torre dejó en la habitación un vacío helado. Su perfume a madera y lluvia seguía flotando en el aire, mezclado con la opresión de sus amenazas. Me desplomé sobre el borde de la cama, enterrando el rostro entre las manos. Mis dedos aún conservaban el temblor de la debilidad física, pero mi mente trabajaba a una velocidad frenética. El peso de la camisa de seda negra de Casper sobre mi piel se sentía como una marca de propiedad que me irritaba profundamente.

“Es idéntica a Sira”, había dicho su mirada. No era una simple sospecha corporativa; era una obsesión que le fracturaba la compostura.

—No voy a ser tu maldita moneda de cambio, Casper —susurré para mí misma, apretando los puños.

La puerta volvió a abrirse con suavidad. Hans entró portando una bandeja de plata con un desayuno impecable y un juego de ropa limpia doblada con precisión quirúrgica. Sus ojos evitaron los míos, fijos en el suelo de parqué.

—El señor Della Torre ha salido hacia la sede central de la corporación —informó el chofer con un tono monótono, casi robótico—. Ha dejado instrucciones claras. Debe permanecer en este piso. Su ropa está lista y el profesor Morag ha sido escoltado fuera del perímetro residencial.

—¿Y si decido marcharme ahora mismo, Hans? —le desafié, poniéndome de pie. La seda negra resbaló por mis muslos—. ¿Vas a usar la fuerza contra una estudiante desarmada?

El hombre alzó la vista, revelando una mirada cargada de una disculpa silenciosa pero inquebrantable.

—Las cámaras del edificio están conectadas al software principal del señor. Si cruza el umbral del ascensor, la policía de Ginebra recibirá una alerta automática por el incidente del hotel. Él no está jugando, señorita Carvajal. Por su propio bien, no lo ponga a prueba hoy.

La puerta se cerró de nuevo con un clic electrónico que sonó a sentencia. Estaba atrapada. Miré la ropa sobre la mesa: unos vaqueros oscuros, un jersey de cachemira gris y unos zapatos planos. Todo de mi talla exacta. Me vestí a toda prisa, despojándome de su camisa como si quemara. Necesitaba moverme. Mi intuición me decía que el silencio de este ático escondía las respuestas que el profesor Morag y yo llevábamos años buscando en los archivos muertos de España.

 

Caminé descalza por el pasillo del ala este, esquivando las alfombras para no hacer ruido. El apartamento era un monumento al minimalismo tecnológico; no había llaves, solo paneles táctiles que parpadeaban con luces tenues. Llegué hasta la puerta del despacho de Casper. El pomo no cedió. Al lado de la moldura, un escáner biométrico brillaba en un tono azul gélido.

—“Cero riesgos” —mascullé, imitando su prepotente voz—. Un algoritmo perfecto.

Me pegué a la pared, observando el reflejo del ventanal. En la mesa de centro del salón principal, la tableta corporativa de Casper descansaba junto a unos documentos impresos. Una negligencia inusual en un hombre tan meticuloso. Me deslicé por el salón, con el corazón golpeándome las costillas, y tomé el dispositivo. La pantalla se encendió de inmediato, solicitando un patrón de desbloqueo encriptado.

—Piensa como él, Leonor —me exigí, cerrando los ojos—. Todo en su vida es una secuencia. Un orden.

Recordé la cicatriz en su sien izquierda y los datos que Etienne había mencionado sobre el holding de su difunto padre. El mes de la desaparición de Sira: octubre de 2016. Introduje la combinación numérica de la fecha en el panel digital. La pantalla parpadeó en verde. El acceso fue concedido. Una oleada de adrenalina me recorrió la espina dorsal al ver el menú principal repleto de gráficos financieros y carpetas blindadas.

—Veamos qué escondes detrás de tu impecable reputación, magnate —susurré, deslizando los dedos por la pantalla.

Busqué en la base de datos local la palabra clave “Navarra”. Los archivos comenzaron a desplegarse, mostrando contratos de compra de terrenos y transferencias bancarias de la antigua administración de Álvaro Della Torre. Entre los documentos, una carpeta con la etiqueta Proyecto Eco llamó mi atención. Al abrirla, apareció un escaneo de alta resolución de una carta escrita a mano con el membrete de la familia Della Torre. La firma al calce era inconfundible: Álvaro.

“La variable ha sido retirada de la circulación. El pago se ha efectuado según lo acordado en San Sebastián. El hijo no debe enterarse de las condiciones del retiro”.

La respiración se me cortó. Mis dedos se congelaron sobre el cristal de la tableta. ¿Retirada? ¿Mi hermana se había vendido? ¿O la habían obligado a firmar un pacto de silencio? El texto no hablaba de un asesinato ni de un secuestro violento; hablaba de una transacción financiera. Un negocio.

—Te advertí que estabas midiendo mal tus pasos, Leonor.

La voz grave y gélida de Casper resonó a mis espaldas, haciéndome dar un salto descompuesto. La tableta se me resbaló de las manos, impactando contra la mesa de centro con un golpe seco. Me giré de golpe, apoyando las manos en el borde del mueble para no caerme.

Casper estaba de pie bajo el umbral del salón. Se había quitado la corbata y los primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, revelando la tensión de su cuello. Su mirada oscura estaba fija en el dispositivo y luego ascendió lentamente hacia mis ojos, cargada de una furia contenida que helaba la sangre.

—¿Cómo entraste a mi sistema? —exigió, avanzando con pasos lentos y deliberados. El espacio entre los dos se redujo a nada en cuestión de segundos.

—Su sistema no es tan perfecto como su ego, señor Della Torre —ataqué, forzando a mi voz a sonar firme a pesar del pánico que me oprimía el pecho—. Proyecto Eco. San Sebastián. Su padre pagó por el silencio de mi hermana. Ella no desapareció; ustedes la compraron.

Casper se detuvo a milímetros de mí. Pude percibir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a tabaco caro que traía de la calle. Su mano derecha se disparó hacia mi cuello, pero no apretó; sus dedos rodearon la medalla del árbol de la vida, tirando de ella con suavidad hasta obligarme a inclinar la cabeza hacia él.

—No sabes nada de lo que estás leyendo —susurró, con una intimidad que me erizó la piel—. Sira no se vendió. Ella me amaba. Tus estúpidas teorías de filóloga no van a cambiar el hecho de que mi familia la protegió hasta el final.

—¿La protegió? —solté una carcajada amarga, sintiendo el roce de sus dedos contra mi clavícula—. La borraron del mapa para que su aristocrático apellido no se mezclara con una estudiante de clase media. Y ahora usted hace lo mismo conmigo. Me encierra aquí para que el fantasma no le arruine las acciones en Zúrich.

Los ojos de Casper se oscurecieron por completo. Soltó la medalla y su mano subió hasta mi mandíbula, sujetándome con una fuerza posesiva que cortó mi respiración. Su pulgar delineó la curva de mi labio inferior con una lentitud tortuosa.

—Te miro a la cara y solo veo una réplica barata, Leonor —sentenció, con una frialdad que pretendía destruirme por dentro—. Estás aquí porque tu rostro me pertenece hasta que yo decida qué hacer con él. Sira era única. Tú solo eres el eco de un error que mi padre no supo corregir.

—Entonces déjeme ir —le desafié, clavando mis uñas en sus muñecas para apartarlo—. Si tanto le estorbo, ábrame la puerta.

Casper se inclinó más, hasta que sus labios rozaron casi los míos, manteniendo una distancia asfixiante donde el deseo contenido y el odio mutuo se mezclaban en el aire.

—No —dijo, con una firmeza implacable—. Te quedas. Porque prefiero tener al enemigo en mi cama antes que suelto por las calles de Ginebra. El juego acaba de empezar, Carvajal.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP