Isabella
El silencio en el apartamento era tan denso que podía cortarse. Habían pasado tres días desde la operación fallida, tres días de miradas furtivas y conversaciones a medias. León apenas dormía; lo escuchaba caminar por las noches, sus pasos como fantasmas inquietos sobre el suelo de madera. Yo tampoco encontraba descanso. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de mi padre, su sonrisa calculadora, y luego la sangre. Tanta sangre.
Me senté en la cama, abrazando mis rodillas contra