El Palacio de Justicia se alzaba imponente bajo el sol de la mañana. Isabella respiró hondo antes de subir los escalones, sintiendo el peso de las miradas sobre ella. Los flashes de las cámaras estallaban como relámpagos, cegándola momentáneamente. León caminaba a su lado, su rostro impenetrable, pero ella podía sentir la tensión en cada músculo de su cuerpo cuando sus manos se rozaron accidentalmente.
—No mires a nadie —le susurró él, inclinándose ligeramente—. Solo camina.
El vestido azul mar