La sangre tiene un olor particular cuando se mezcla con el miedo. Es metálica, densa, casi palpable en el aire. Mientras observo a Ramírez atado a la silla en el sótano, puedo olerla antes incluso de que brote de su cuerpo.
—Voy a preguntarlo una vez más —digo, manteniendo mi voz controlada mientras camino a su alrededor—. ¿A quién le has estado pasando información?
Sus ojos, inyectados en sangre, me siguen con terror. Hace apenas tres horas, Mateo me mostró los registros de llamadas. Ramírez,