ISABELLA
La noche había caído sobre nosotros como un manto de terciopelo negro. Observé a León inclinado sobre la mesa del comedor, con mapas y documentos esparcidos como si fueran piezas de un rompecabezas macabro. Sus dedos recorrían líneas invisibles entre puntos que solo él parecía comprender. Llevábamos tres horas encerrados en ese espacio, respirando el mismo aire cargado de tensión, compartiendo silencios que pesaban más que cualquier palabra.
—Necesito que me expliques esto —dije, señal