Nunca imaginé que el trono tuviera un precio tan alto. Ni que mi corazón se convertiría en un campo de batalla donde la traición y la lealtad sangrarían al mismo tiempo. Hoy aprendí que para reinar no basta con la fuerza ni con la astucia. Hay que saber matar en silencio, con la frialdad de quien firma una sentencia con la misma mano que acaricia su corona.
El día amaneció gris, como si el cielo supiera lo que iba a pasar y se negara a prestarnos su luz. Llegué al punto de encuentro con el ceño