La ciudad no duerme. Solo cambia de rostro.
Las luces doradas del centro se desvanecen a medida que me interno en las entrañas de Nápoles, donde las sombras se alargan como brazos hambrientos y el aire se espesa con una mezcla de humedad, miseria y secretos. Aquí no hay guardaespaldas. Ni vestidos de diseñador. Ni rastros de la princesa de la mafia que alguna vez fui.
Solo está Isabella. La mujer que ya no tiene nada que perder.
Me cubro con una chaqueta de cuero ajena y me recojo el cabello en