En las mazmorras del palacio, no son las cadenas lo que te rompe. Es el sonido de tu propia respiración contando los minutos que le quedan a quien amas.
El metal frío de las esposas mordió las muñecas de Aria mientras Kieran las cerraba con movimientos precisos y mecánicos. El sonido de los cerrojos encajando resonó en la habitación como el martillo de un juez sellando una sentencia.
—No hagas esto más difícil de lo que ya es —dijo Kieran con voz controlada, pero Aria podía ver la tensión en la