A medianoche, todos los palacios guardan secretos. Algunos valen más que tu vida.
Aria se deslizó el vestido negro de sirvienta por la cabeza, ajustándolo contra su cuerpo con movimientos precisos. La tela áspera rozaba su piel como una penitencia, recordándole lo que estaba a punto de hacer. No era una candidata a reina. No era una princesa fugitiva. Era una ladrona.
Una ladrona. Eso es lo que soy ahora.
Las once y cuarenta y cinco de la noche marcaban las manecillas del reloj en su habitación