Mundo ficciónIniciar sesiónTamara siempre supo que su matrimonio con Damian no era más que un contrato. Fea, sin gracia y señalada por todos, aceptó cargar con la humillación de ser la esposa indeseada a cambio de salvar la empresa de su familia. Pero su calvario apenas comienza cuando Valentina, la exnovia perfecta de Damian, regresa a la ciudad y se convierte en la invitada de honor… de la fiesta que Tamara misma debe organizar. Entre risas crueles y acusaciones despiadadas, todos parecen disfrutar recordarle que su relación es una farsa, que compró a su marido y que jamás será amada. Lo que nadie imagina es que Valentina trama algo mucho más oscuro: pagar a un hombre para seducir y exponer a Tamara como infiel. Y cuando Ethan, un extraño tan peligroso como fascinante, entra en su vida, Tamara se ve arrastrada a un juego de traiciones donde cada caricia podría ser un arma y cada beso, una condena. Mientras Damian, dividido entre el resentimiento y la duda, se niega a reconocerla como su esposa, Tamara descubrirá que el amor y la venganza pueden entrelazarse en formas inimaginables. Porque en un mundo donde los sentimientos se negocian como contratos, una esposa despreciada puede convertirse en la pieza más poderosa del tablero.
Leer másLa sala del Consejo en Ginebra olía a piedra antigua y decisiones que habían moldeado milenios. Tamara permanecía en el centro del círculo, rodeada por seis figuras cuya mera presencia distorsionaba la percepción del tiempo. No eran simplemente viejos. Eran antiguos, como si el concepto mismo de edad se hubiera rendido ante ellos hace mucho.El líder fundador —un hombre de rasgos mediterráneos que había visto caer imperios que los libros de historia apenas recordaban— la observaba con una mezcla de escepticismo y algo que podría haber sido curiosidad.—Primera humana pura en este Consejo en diez mil años —dijo, su voz resonando con capas de idiomas muertos—. La tradición no se rompe fácilmente, Tamara Volkov.Volkov, pensó ella. Ni siquiera su apellido de casada. Un recordatorio sutil de que aquí, los vínculos humanos importaban
El reloj holográfico en la pared de la estación Refugio marcaba veinte horas restantes. Valentina observaba los números descender con una fascinación casi hipnótica, como si cada segundo que pasaba fuera una pequeña muerte. O quizás un pequeño nacimiento. Todavía no estaba segura.La habitación que le habían asignado era espartana pero funcional: una cama, un escritorio metálico, una ventana que daba a la inmensidad del espacio. Podía ver la Tierra desde allí, ese punto azul pálido que contenía todo lo que había conocido, amado y perdido. Pronto podría dejarlo atrás. O no. La decisión pendía sobre ella como una guillotina que ella misma debía liberar.Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.—Adelante —dijo sin apartar la vista de la Tierra.Tamara entró con esa
El despertar fue gradual, como emerger desde las profundidades de un océano que no existía en ningún mapa conocido. Valentina abrió los ojos esperando encontrar el techo metálico de la enfermería en Ginebra, las luces fluorescentes que habían sido su compañía constante durante dos semanas de recuperación tortuosa. En cambio, se encontró contemplando un firmamento que desafiaba toda lógica: estrellas que pulsaban con colores imposibles, nebulosas que se movían como organismos vivos, y en el centro de todo, la Tierra.Pero no la Tierra como la conocía. Era una versión fantasmal del planeta, suspendida a una distancia que parecía simultáneamente cercana y absolutamente inalcanzable. Como observar a través de una ventana sellada hacia un mundo que ya no te pertenecía.—Buenos días, Valentina. O debería decir buenas noches.
El cielo de Mongolia se iluminó con un resplandor anaranjado que transformó la noche en un mediodía artificial. La explosión surgió desde las entrañas de la tierra, una columna de fuego y escombros que se elevó trescientos metros antes de colapsar sobre sí misma en una lluvia de muerte y destrucción. El sonido llegó después, un rugido que hizo temblar la estepa en un radio de cincuenta kilómetros, dispersando manadas de caballos salvajes y despertando a poblaciones enteras que creyeron estar presenciando el fin del mundo.En el epicentro, donde momentos antes se alzaba una instalación subterránea que albergaba a noventa y siete voluntarios humanos dispuestos a dar su vida por la causa, ahora solo quedaba un cráter humeante de quinientos metros de diámetro. La estructura completa había sido pulverizada, convertida en fragmentos de concreto y acero retorcido qu
El silencio en la sala de operaciones de Ginebra era del tipo que precedía a las catástrofes. Valentina yacía en una camilla médica, conectada a monitores que traducían su agonía interna en líneas verdes que parpadeaban con irregularidad preocupante. Las quemaduras que Adrián le había infligido no eran visibles en su piel, pero cada célula de su cuerpo gritaba con un dolor que ningún analgésico podía tocar.—Dos semanas —repitió el médico de los Primeros, un hombre cuya edad era imposible de determinar—. Mínimo. Su estructura celular está colapsando desde dentro. La regeneración híbrida está trabajando, pero necesita tiempo.Mei manipulaba hologramas frente a ella, su rostro iluminado por datos que se actualizaban constantemente. —No tenemos dos semanas. Adrián se movió hace tres horas. Perd&ia
El primer impacto fue como si el universo hubiera decidido recordarle a la humanidad su insignificancia.Valentina y Adrián colisionaron en el centro exacto de Times Square a una velocidad que hacía que el sonido pareciera un concepto obsoleto. La onda expansiva se expandió en todas direcciones con la fuerza de una detonación nuclear contenida, transformando las ventanas de los rascacielos circundantes en millones de fragmentos de cristal que cayeron como lluvia mortal sobre las calles evacuadas a medias. Los edificios más cercanos se sacudieron en sus cimientos, y las estructuras de acero gimieron con un sonido que recordaba al llanto de ballenas moribundas.Las pantallas LED gigantes que habían sobrevivido al impacto inicial parpadearon antes de estabilizarse, transmitiendo la batalla a mil millones de ojos alrededor del mundo. En Tokio, París, Mumbai, São Paulo, la gente se detuvo en medio de sus vidas para pre





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