Mundo ficciónIniciar sesiónTamara siempre supo que su matrimonio con Damian no era más que un contrato. Fea, sin gracia y señalada por todos, aceptó cargar con la humillación de ser la esposa indeseada a cambio de salvar la empresa de su familia. Pero su calvario apenas comienza cuando Valentina, la exnovia perfecta de Damian, regresa a la ciudad y se convierte en la invitada de honor… de la fiesta que Tamara misma debe organizar. Entre risas crueles y acusaciones despiadadas, todos parecen disfrutar recordarle que su relación es una farsa, que compró a su marido y que jamás será amada. Lo que nadie imagina es que Valentina trama algo mucho más oscuro: pagar a un hombre para seducir y exponer a Tamara como infiel. Y cuando Ethan, un extraño tan peligroso como fascinante, entra en su vida, Tamara se ve arrastrada a un juego de traiciones donde cada caricia podría ser un arma y cada beso, una condena. Mientras Damian, dividido entre el resentimiento y la duda, se niega a reconocerla como su esposa, Tamara descubrirá que el amor y la venganza pueden entrelazarse en formas inimaginables. Porque en un mundo donde los sentimientos se negocian como contratos, una esposa despreciada puede convertirse en la pieza más poderosa del tablero.
Leer másEl teléfono vibró contra la superficie de mármol con esa insistencia que Tamara había aprendido a reconocer como el preludio de una nueva humillación. Sin apartar la vista del diseño floral que estaba perfeccionando para el evento de mañana, extendió la mano y contestó con la voz profesional que había pulido durante años.
—Eventos Élite, habla Tamara.
—Ah, qué bien. Necesito que organices algo especial —la voz de Catalina Voss atravesó la línea como una navaja envuelta en seda—. Una fiesta de bienvenida. Para alguien muy querido por la familia.
Tamara apretó el lápiz entre sus dedos. Su suegra jamás la llamaba para felicitarla por sus éxitos, nunca para preguntarle cómo estaba, y mucho menos para reconocer que su empresa de eventos era una de las más prestigiosas de la ciudad. Solo cuando necesitaba algo.
—Por supuesto. ¿Cuándo sería y para cuántas personas?
—Este sábado. Serán unas cincuenta personas, las más importantes de nuestro círculo social. —Una pausa calculada—. Es para Valentina Moreau. Ha regresado después de tres años en Europa.
El nombre cayó como plomo en el estómago de Tamara. Valentina Moreau. La exnovia perfecta de Damián. La mujer que toda la familia Voss adoraba y que durante años había sido presentada como "la que se escapó". La que tenía todo lo que ella jamás podría tener: belleza, clase, historia con su esposo.
—Entiendo. ¿Alguna preferencia específica para la decoración o el menú?
—Hazlo elegante. Refinado. Ya sabes, como las fiestas que organizabas antes... cuando aún eras solo nuestra empleada.
La crueldad casual en esas palabras hizo que Tamara cerrara los ojos por un momento. Tres años de matrimonio y Catalina seguía recordándole que su lugar en esa familia había sido comprado, no ganado.
—Perfecto. Les enviaré la propuesta mañana por la mañana.
—Una cosa más, querida —el diminutivo sonó venenoso—. Asegúrate de que todo sea perfecto. Valentina es... especial para nosotros. Siempre lo ha sido.
La llamada terminó y Tamara se quedó mirando el teléfono. Durante tres años había organizado eventos para empresas multinacionales, bodas de magnates, fiestas que aparecían en las revistas de sociedad. Pero ninguna había venido con el peso emocional de esta.
Se acercó al espejo del baño que tenía en su oficina y observó su reflejo con esa honestidad brutal que había aprendido a soportar. Cabello castaño sin brillo especial, ojos grises que desaparecían detrás de las gafas, una cara que la gente olvidaba cinco minutos después de conocerla. No era fea, exactamente, pero tampoco era memorable. Era invisible.
Y esa invisibilidad había sido su salvación y su condena.
Dos días después, Tamara llegó al salón privado del Hotel Meridian con dos horas de anticipación. La decoración había quedado perfecta: arreglos florales de peonías blancas y rosas champán, luces cálidas que creaban una atmósfera íntima pero sofisticada, mesas dispuestas de manera que favorecieran la conversación. Todo lo que Valentina Moreau merecía, según los estándares de los Voss.
Estaba ajustando el último detalle cuando escuchó voces familiares acercándose.
—¡Darling! —La voz melodiosa tenía un acento ligeramente francés que sonaba estudiado—. ¡No puedo creer que finalmente esté de vuelta!
Tamara se irguió y se giró para ver a Valentina Moreau por primera vez en persona. Las fotografías no le habían hecho justicia. Era alta, con una melena rubia que caía en ondas perfectas, ojos azules como el cristal y una sonrisa que prometía secretos deliciosos. Llevaba un vestido de seda azul marino que probablemente costaba más que el sueldo mensual de tres personas.
A su lado, Catalina Voss la miraba con el tipo de adoración que jamás había mostrado hacia su nuera.
—Valentina, querida, permíteme presentarte a... —Catalina hizo una pausa, como si estuviera recordando un nombre poco importante—. Tamara. Ella organizó todo esto. Es la... esposa de Damián.
El titubeo antes de la palabra "esposa" fue deliberado. Tamara lo sintió como una bofetada.
Valentina la miró de arriba abajo con una evaluación que no se molestó en disimular.
—Oh, la famosa esposa. —Su sonrisa se amplió, pero no llegó a sus ojos—. He escuchado mucho sobre ti.
—Espero que todo bueno —respondió Tamara, manteniendo su voz firme.
—Por supuesto. Especialmente sobre cómo... llegaste a formar parte de la familia. —Valentina intercambió una mirada cómplice con Catalina—. Debe ser interesante ser una esposa de... ¿cómo lo dirían ustedes aquí? ¿Una esposa de conveniencia?
Catalina soltó una risa cristalina.
—Oh, Valentina, siempre tan directa. Pero tienes razón. Tamara salvó la empresa de su familia con este matrimonio. Muy... práctico de su parte.
—¿Y Damián? ¿Él también lo ve como algo práctico? —preguntó Valentina, fingiendo inocencia.
—Mi hijo cumple con sus obligaciones —respondió Catalina con frialdad—. Aunque el corazón... bueno, el corazón es otra cosa, ¿no es cierto?
Tamara sintió que el aire se espesaba a su alrededor. Durante tres años había soportado indirectas, comentarios hirientes, la indiferencia de Damián. Pero nunca tan abiertamente, nunca con tanta crueldad elegante.
—Si me disculpan, necesito supervisar los últimos detalles para la fiesta —dijo, tratando de escapar de esa conversación.
—Oh, pero no puedes irte —dijo Valentina, tomándola del brazo con una familiaridad que se sentía invasiva—. Después de todo, eres la anfitriona. Aunque... supongo que es extraño organizar una fiesta para la exnovia de tu esposo. Debe requerir una clase especial de tolerancia.
Las palabras fueron pronunciadas con una dulzura que las hacía más venenosas.
—La profesionalidad es parte de mi trabajo —respondió Tamara.
—Ah, sí. Tu trabajo. —Valentina asintió con comprensión fingida—. Debe ser reconfortante tener algo propio, ¿no? Especialmente cuando el resto de tu vida es prestado.
La fiesta comenzó a las siete en punto. Tamara se había vestido con cuidado: un vestido negro elegante pero no llamativo, el cabello recogido en un moño sencillo, maquillaje discreto. Sabía que su papel era ser invisible, asegurarse de que todo funcionara perfectamente mientras permanecía en las sombras.
Los invitados llegaron en oleadas de risas y conversaciones animadas. Todos parecían genuinamente emocionados de ver a Valentina, como si hubiera regresado una estrella que había estado injustamente ausente.
Tamara circulaba entre los grupos, verificando que las copas estuvieran llenas, que la comida se sirviera a tiempo, que la música fuera la adecuada. Era buena en eso: hacer que todo pareciera fácil mientras trabajaba incansablemente en el fondo.
Fue a las ocho y media cuando vio entrar a Damián.
Su esposo se detuvo en la entrada del salón, irradiando esa presencia que siempre había tenido. Alto, de cabello negro y ojos oscuros que podían ser cálidos o fríos según su humor, Damián Voss era el tipo de hombre que atraía miradas sin intentarlo. Llevaba un traje gris oscuro que realzaba su físico atlético, y su expresión era esa máscara de educada indiferencia que tan bien conocía.
Sus ojos recorrieron el salón hasta encontrar a Valentina, quien estaba rodeada de un grupo de admiradores. Cuando ella lo vio, su rostro se iluminó como si hubiera aparecido el sol.
—¡Damián! —exclamó, separándose del grupo para caminar hacia él con esa gracia natural que Tamara jamás podría imitar.
Lo que siguió fue un abrazo que duró casi una eternidad, una conversación íntima mientras el resto de los invitados los observaba con sonrisas conocedoras.
Tamara sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Damián no la había visto, no la había buscado, no había preguntado por ella. Para él, ella era tan invisible en esa fiesta como lo era en su matrimonio.
—Patético, ¿no te parece?
Tamara se giró para encontrar a Marcus Hendricks, uno de los socios de negocios de la familia, con una copa de champán en la mano y una sonrisa cruel en los labios.
—¿Perdón?
—Tu situación. Organizar una fiesta para la mujer que tu esposo realmente ama. —Marcus tomó un sorbo de su copa—. Aunque supongo que es parte del contrato, ¿no? Mantener las apariencias mientras él vive su vida real.
—No sé de qué hablas —respondió Tamara, pero su voz sonó menos firme de lo que hubiera querido.
—Oh, vamos. Todos sabemos que esto no es un matrimonio real. Tu familia necesitaba dinero, la suya necesitaba estabilidad después del escándalo de su hermano menor. Tú eras conveniente. —Marcus se acercó más—. Pero mira a tu alrededor. Mira cómo la mira a ella. Eso es lo que parece el amor real.
Tamara siguió su mirada. Damián y Valentina estaban en el centro del salón, ella riéndose de algo que él había dicho, él mirándola con una atención que nunca le había dedicado a su esposa.
—Debe doler —continuó Marcus, con falsa compasión—. Saber que compraste un marido pero nunca podrás comprar su amor.
Antes de que Tamara pudiera responder, el sonido de una cuchara contra el cristal llamó la atención de todos. Valentina estaba de pie junto a la mesa principal, con Damián a su lado, sonriendo a los invitados.
—Quiero agradecer a todos por esta hermosa bienvenida —comenzó Valentina, su voz llenando el salón sin esfuerzo—. Han pasado tres años desde que me fui, pero regresar aquí, con todas las personas que amo, se siente como volver a casa.
Los aplausos fueron entusiastas. Tamara notó cómo varios invitados miraban entre Valentina y Damián con sonrisas significativas.
—Especialmente —continuó Valentina, girándose hacia Damián con una sonrisa que prometía secretos compartidos—, quiero agradecer a alguien muy especial. Alguien que sabe lo difícil que ha sido estar lejos de todo lo que realmente importa.
El silencio en el salón se espesó con expectativa.
Valentina buscó con la mirada hasta encontrar a Tamara entre la multitud. Sus ojos se encontraron por un momento que se sintió eterno.
—Qué pena que tu verdadero amor haya tenido que irse tanto tiempo por negocios, ¿verdad, querido? —le dijo a Damián, pero lo suficientemente alto para que todos escucharan.
Damián no respondió, pero tampoco la contradijo. Su silencio fue más elocuente que cualquier palabra.
Las risas comenzaron como murmullos, luego se extendieron como ondas por el salón. Tamara sintió cada mirada como una puñalada, cada sonrisa como una humillación. Estaba de pie en medio de una fiesta que ella había organizado, rodeada de gente que la conocía, siendo públicamente ridiculizada como la esposa que había comprado a un hombre que nunca la amaría.
Y lo peor de todo era que sabían que era cierto.
Valentina levantó su copa en un brindis, sus ojos aún fijos en Tamara.
—Por los verdaderos amores —dijo con una sonrisa que cortaba como cristal—. Y por quienes saben esperar por ellos.
El aire de Tokio vibraba con una energía que hacía que cada partícula de polvo pareciera cargada de electricidad. Valentina se encontraba en el centro de una plaza que había sido evacuada apenas minutos antes, cuando los sensores militares detectaron las fluctuaciones de poder que emanaban del área. Ocho figuras idénticas la rodeaban en un círculo perfecto, cada una de ellas una réplica exacta de Adrián, su hermano perdido.La primera copia atacó sin previo aviso.El puño atravesó el aire con una velocidad que habría sido invisible para ojos humanos, pero Valentina logró esquivarlo por milímetros. El impacto contra el pavimento abrió una grieta que se extendió varios metros, enviando fragmentos de concreto volando como metralla. La segunda copia aprovechó su distracción para atacar desde el flanco izquierdo, sus nudillos conectando con la
El rugido de la explosión los persiguió durante los primeros quinientos metros, una onda expansiva que transformó la instalación subterránea en una tumba de acero y concreto. La nieve siberiana amortiguó sus pasos mientras corrían, pero no pudo silenciar el eco de lo que acababan de descubrir: cincuenta híbridos liberados, veinticuatro horas hasta la activación, y Adrián convertido en el enemigo que siempre había estado destinado a ser.Valentina se detuvo primero, su respiración creando nubes de vapor que se disolvían rápidamente en el aire helado. Los demás la siguieron, formando un círculo improvisado sobre la superficie blanca que se extendía hasta el horizonte. La instalación había desaparecido bajo toneladas de escombros, llevándose consigo cualquier evidencia de los experimentos de Elena.—Rastrea señales an&oac
El rugido de los motores del jet privado se había convertido en un zumbido constante que vibraba a través de los huesos, un recordatorio mecánico de que estaban suspendidos a diez mil metros sobre un mundo que ya no reconocían completamente. Las ocho horas de vuelo hacia Siberia se extendían ante ellos como un paréntesis forzado en medio del caos, un espacio donde el tiempo parecía moverse con la consistencia de la miel fría.Tamara observaba las nubes que se deslizaban bajo ellos, formaciones blancas que parecían montañas de algodón contra el azul profundo del cielo. Había algo hipnótico en esa vista, algo que permitía que su mente se alejara momentáneamente de la imagen de Elena cayendo hacia la multitud, de la sangre que había manchado las piedras de la plaza. Ejecutamos a nuestra madre, pensó, y las palabras se sentían extrañas incluso en el
Los archivos de Elena se desplegaron ante ellos como un mapa de dolor que había sido trazado con sangre y lágrimas durante tres décadas. Lorenzo manipulaba la interfaz holográfica desde su silla de ruedas, sus dedos temblando ligeramente mientras navegaba por carpetas marcadas con fechas que se extendían desde la desaparición de Adrián hasta los últimos días de vida de Elena.—Tu madre documentó cada búsqueda, cada pista falsa, cada esperanza rota —murmuró Lorenzo, su voz cargada de una pena que había aprendido a cargar como una segunda piel—. Aquí está todo.Valentina se acercó a la proyección, sus ojos brillando con esa energía alienígena que ahora parecía responder a sus emociones más intensas. Las imágenes que se sucedían ante ella contaban una historia que reescribía completamente
El aire se desgarró con el rugido de los motores alienígenas cuando Valentina emergió de entre los restos humeantes de las dos naves que había derribado. Su figura se recortaba contra el humo negro que ascendía hacia el cielo de Ginebra, pero algo había cambiado fundamentalmente en ella. La energía azul que había empleado para destruir las naves seguía crepitando débilmente alrededor de sus manos, como electricidad residual que se negaba a extinguirse.Los Primeros que observaban desde sus naves restantes mantuvieron un silencio que resultaba más inquietante que cualquier grito de guerra. Valentina había hecho algo que ninguno de ellos había presenciado antes: una humana había manifestado una habilidad que trascendía las limitaciones de su especie. No era tecnología. No era modificación genética. Era evolución pura, acelerada por circunstancias
La flota de mil naves se extendía sobre Ginebra como una plaga metálica que había decidido que el cielo era suyo por derecho de conquista. Cada nave era una promesa de aniquilación, un recordatorio brillante de que la humanidad había sido pesada en la balanza cósmica y encontrada deficiente. El aire mismo parecía vibrar con la anticipación del exterminio, mientras los motores alienígenas creaban un zumbido que penetraba hasta los huesos de los cuarenta y seis mil novecientos ochenta y ocho humanos recién curados que yacían inconscientes en el hospital.Mei mantenía los ojos fijos en los monitores que mostraban la cuenta regresiva, cada segundo que pasaba acercándolos a una extinción que ya no podía ser negociada o pospuesta. Los clones desactivados llenaban las calles como muñecos rotos, sus cuerpos inmóviles creando un paisaje urbano que parecía sacad





Último capítulo