Mundo ficciónIniciar sesiónLyanna se despertó con el sonido de tacones golpeando el suelo de mármol.
Al principio creyó que soñaba, hasta que escuchó una voz femenina, aguda y empalagosa, romper el silencio de la mañana. Se incorporó en la cama. El corazón se le encogió. No necesitó asomarse para saber quién era. Greta. Se levantó despacio, se duchó, se vistió y salió de su habitación. Justo cuando pasaba por el frente de la habitación de Ares, la puerta se abrió. Y salió Greta de la habitación de Ares, con una bata de seda y una taza de café en la mano. Su sonrisa era la de quien sabe que tiene poder. El cabello perfectamente revuelto, el gesto estudiado. Y ese aire de “yo pertenezco aquí” que se te clava en la piel. Greta, al ver a Lyanna, se detuvo. Una sonrisa lenta, llena de malicia y satisfacción, se extendió en su rostro. —Buenos días, señora Valerián —saludó, alargando el "señora" de forma despectiva—. Qué temprano se levanta. No te oí salir de tu habitación —dijo, sonriendo con fingida sorpresa—. ¿Dormiste bien? Ares puede ser un poco ruidoso por las mañanas. Lyanna no respondió. Simplemente, pasó junto a ella como si fuera invisible, dirigiéndose a la cocina. Pero el golpe estaba dado. La imagen de Greta saliendo de la habitación de su "esposo" a primera hora de la mañana era un mensaje claro y brutal de que habían pasado la noche juntos y, aunque sabía que no debía importarle, le importaba. Lo consideraba una falta de respeto. ¿Quién la iba a respetar en esa casa si veían eso? Y aunque ella no fuera la verdadera Lena, como se estaba haciéndose pasar por su esposa, lo que estaba haciendo era una humillación. Greta la siguió e insistió en mantener una conversación. La mujer parecía un perro que se niega a soltar a su presa. —Ay, Lena, no deberías dejarme con la palabra en la boca. No me extraña que estés incómoda. Debe ser raro ver a una mujer que sí sabe cómo tratar a Ares. —Ay, sí. Y me imagino que para ti debe ser agotador trabajar tanto, sobre todo en horizontal —replicó Lyanna con suavidad. La sonrisa de Greta se congeló un segundo. —Qué ocurrencias tienes —dijo al fin, esforzándose por mantener el tono ligero—. Aunque te diré algo: Ares no soporta a las mujeres amargadas. Intenta no recordarle eso, ¿sí? Lyanna no alcanzó a contestar porque Ares apareció, con el cabello húmedo, la camisa abierta y esa mirada helada que usaba como armadura. Se detuvo al verlas. No dijo nada. Greta se giró hacia él, con una sonrisa profesional. —Ares, estaba pensando en que discutamos la redecoración de tu casa. Esta casa necesita mi toque. Él la miró brevemente. —Eso no es conmigo, Greta, es con Lena. La voz de Ares era firme, seca, sin espacio para insistir. Pero Greta fingió no notarlo. Besó su mejilla con naturalidad y caminó hacia la cocina. Lyanna se quedó mirándolo, sin disimular el desprecio. Él no la esquivó. —Gracias por recordarme con el asqueroso ser humano con quien vivo —dijo ella en voz baja, y bajó las escaleras. Ares la siguió con la mirada. Su expresión no cambió, pero sus dedos se cerraron alrededor del marco de la puerta. No sabía si quería gritarle o detenerla. Y eso lo irritó aún más. ***** Horas después, Lyanna estaba buscando a Harry por toda la casa. No estaba en su habitación ni en el salón de juegos. Finalmente, escuchó un pequeño sollozo detrás del jardín. Cruzó el césped y lo encontró sentado detrás de un rosal, con los ojos rojos y el osito de peluche apretado contra el pecho. —Oye, campeón —dijo, agachándose junto a él—. ¿Qué haces escondido aquí? El niño levantó la cara, con lágrimas en sus mejillas. —¿Qué pasa, mi amor? ¿Por qué lloras? —Esa señora es mala —sollozó, señalando con el mentón hacia el salón—. No me gusta. Siempre está con papá. —Su vocecita temblaba—. Siempre le dice a papá que te eche… que tú... que tú estorbas. Que deberías irte. Y no entiendo, ¿Qué hace ella aquí? ¿Por qué papá se deja tocar y besar con ella si no es su esposa?Lyanna sintió que el corazón se le encogía. Envolvió a Harry en un abrazo fuerte.
—Escúchame bien —dijo, con una firmeza que no sabía que tenía—. Yo no me voy a ningún lado. Te lo prometí, ¿recuerdas? Nadie va a echarme.
—¿Ni siquiera esa señora? —preguntó Harry, con los ojos llenos de esperanza.
—Ni siquiera esa señora —confirmó Lyanna, secándole las lágrimas con la punta de los dedos. —Ven aquí —susurró, abrazándolo—. No le pares a esa señora. No sabe lo que dice.
—Pero la vi abrazando a papá —murmuró él, la voz temblorosa—. Y le sonreía. ¡Como si tú no existieras! Lyanna tragó saliva. —A veces la gente sonríe por costumbre, no porque sienta algo. —¿Papá la quiere? —No lo sé —respondió con sinceridad—. Pero estoy segura de que a ti te quiere más que a nadie. Harry se acurrucó en su pecho. —Papá, solo le gustas tú. —Eso no es verdad —dijo ella, intentando sonar liviana. —Sí. Cuando tú no lo miras, él te mira diferente y se ve más alegre. Lyanna se rio suavemente, aunque le ardían los ojos. —Entonces tendré que quedarme siempre, ¿eh? —Sí —asintió él, con esa fe absoluta que solo tienen los niños—. Prométemelo. —Lo prometo. Se quedó un rato más con él, leyendo su cuento favorito bajo el sol. Cuando Harry se durmió sobre su regazo, Lyanna le acarició el cabello y lo observó respirar tranquilo. Pensó en Ares, en Greta, en las personas que jugaban con el poder. Y en cómo ese niño, sin saberlo, era su única verdad en medio de tantas mentiras. Ares la observaba desde la ventana de su despacho, sin hacer ruido. No entendía por qué verla así tan distinta, tan serena le dolía. No era la mujer que recordaba. No era Lena. Pero Harry dormía aferrado a ella… Y eso lo descolocaba. ***** Esa noche, después de acostar a Harry y asegurarle una vez más que todo estaría bien, Lyanna fue directamente al estudio de Ares. Abrió la puerta sin tocar. Él sostenía una copa de whisky, la corbata deshecha, la mirada dura.Parecía esperarla.
—Tenemos que hablar —dijo Lyanna, cerrando la puerta a sus espaldas.
Ares se volvió lentamente. Su expresión era de fastidio.
—¿De qué?
—De tu asistente —espetó ella, cruzando los brazos—. ¿Era necesario que se frotara contra ti delante de Harry? ¿Esa es la clase de ejemplo que quieres darle a tu hijo? ¿De qué puede meter a su amante en la misma casa de su esposa e hijo?
Una sonrisa cruel se dibujó en los labios de Ares.
—¿Estás celosa, Lena? —preguntó, saboreando la palabra—. Greta no huye con otros hombres. No abandona a su familia. Sabe cuál es su lugar. Algo que tú pareces haber olvidado.
—¡Mi lugar no es ser testigo de tus aventuras! —gritó Lyanna, perdiendo un poco el control—. Harry estaba aterrorizado. Cree que esa mujer va a echarme. ¿Es eso lo que quieres? ¿Asustar a tu propio hijo? ¡¿Dañarlo psicológicamente? ¿Esa es la clase de padre qué eres y que dice amar a su hijo?
—No me hables de lo que quiero para mi hijo —replicó Ares, acercándose—. Tú perdiste ese derecho cuando te fuiste y lo abandonaste por meses. Greta, al menos, es honesta sobre lo que quiere.
—¡Lo que quiere es tu dinero y tu apellido! —lo enfrentó Lyanna, sin retroceder—. ¿Eres tan ciego que no lo ves?
—Prefiero una cazafortunas clara que una mentirosa que juega a la amnesia —rugió él, ahora a solo un paso de ella.
El aire chispeaba con la tensión entre ellos. La rabia de Ares era un muro, pero Lyanna no se dejó intimidar.
—No estoy jugando —susurró, con los puños apretados—. Y haré lo que sea para proteger a Harry de tu... circo personal. Incluyendo protegerlo de su amante. Así que la sacas tú o la saco yo. ¡Tú decides, esposo!
Antes de que él pudiera responder, Lyanna salió del estudio, dejándolo solo con su brandy y su ira creciente. Esa noche, por primera vez, la duda sobre su "esposa" se mezcló con otra emoción más peligrosa: una punzada de culpa al pensar en los ojos asustados de su hijo.







