Mundo de ficçãoIniciar sessãoEse otro día en la mañana, cuando Lyanna se levantó, se encontró con la sorpresa de que el desayuno estaba preparado y servido.
—Buenos días, Lenna —dijo Ares. Su voz sonaba amable. No tenía ese tono frío de siempre.
—Buenos días —respondió Lyanna, desconfiada.
Se sentó y comenzó a servir el desayuno con una sonrisa que le desarmó.
“¿Y ahora qué mosca le picó a este?” Se preguntó.
Y es que Ares estaba actuando demasiado raro, muy amable.
—Ya Harry está en el colegio —comentó Ares—. Tenía una actividad extraescolar y eso lo tenía muy emocionado.
—Sí —asintió Lyanna.
Él la miró directamente.
—Quiero hacer un trato contigo.
Ella se puso alerta.
—¿Qué clase de trato?
—Tú quieres libertad —dijo él—. Poder salir. Tener tu propio dinero.
Ella no dijo nada. Era cierto.
—Yo necesito que hagas tu papel —continuó Ares—. En público. Eventos, fotos, sonrisas. Fingir que todo está bien. Que seguimos siendo la pareja perfecta.
Lyanna sintió un peso en el estómago.
—¿Y a cambio?
—A cambio —él se inclinó hacia adelante—, tendrás libertad. Saldrás sin chofer. Buscarás trabajo. Yo mismo te daré las referencias que necesitas. Tendrás dinero propio. No me interpondré.
Lyanna lo estudió, intentando entender si era una trampa. Ella soltó una risa corta.
—¿Y desde cuándo te importa fingir perfección?
—Desde que hay cámaras de por medio —respondió con frialdad—. Ya sabes cómo funciona esto. Lyanna lo miró sin responder. No confiaba en él, pero la idea de poder salir, aunque fuera un poco, la tentaba. Llevaba días encerrada entre esas paredes. Quizás fingir un rato no era tan terrible. —Está bien —aceptó al fin—. Fingiré. Pero solo porque quiero respirar aire de verdad. —Perfecto. —Ares asintió, satisfecho—. Eso es todo lo que necesito. En privado, puedes seguir odiándome. Mientras en público seas la Sra. Valerián, tendrás lo que quieres. Era una jaula de oro. Pero era una jaula más grande.—¿Y Harry? —preguntó Lyanna.
—Harry, es lo importante —dijo Ares, y sonó sincero—. Esto es por él.
Era verdad. Todo era por Harry.
Lyanna respiró hondo.
—De acuerdo. Acepto.
Ares asintió, satisfecho.
—Esta noche hay una recepción en el museo. Iremos juntos. Es tu primera prueba.
Se levantó y se fue.
Lyanna se quedó sola. Había vendido su obediencia por un poco de libertad.
Horas después, ya Harry estaba de vuelta, y Lyanna decidió aprovechar el tiempo con él. Se puso un vestido simple, se recogió el cabello y bajó al jardín.
Harry jugaba entre las flores, con un pequeño avión de juguete. Cuando la vio, corrió hacia ella con una sonrisa enorme. —¡Mamá! ¡Mira lo que hice! —dijo, mostrando el avión hecho con palitos de helado y cinta adhesiva. Lyanna observó sorprendida. —¡Qué increíble! ¿Lo hiciste tú solo? —Papá, me ayudó con las alas —dijo, orgulloso. Ella alzó una ceja, sorprendida. —¿Tu papá? —Sí. Dijo que cuando era niño también hacía aviones. Lyanna miró hacia la terraza, donde Ares estaba hablando por teléfono. Por un segundo, el aire se sintió liviano. Hasta el sol parecía menos cruel. Pasaron la mañana juntos, riendo. Harry la empapó con la manguera mientras intentaban regar las plantas. Ella gritó, él se río hasta que le dolió la panza. Ares los observó desde la distancia, sin intervenir, con una expresión que nadie habría sabido leer. Por un momento, Lyanna creyó que las cosas podían mejorar. Se permitió bajar la guardia. Sintió algo parecido a esperanza. El niño corría y reía.—¡Mira, mamá! —gritó, señalando una mariposa.
—Muy bonita —sonrió Lyanna, pero se sentía muy intranquila.
Harry corrió y la abrazó.
—Te quiero, mami.
—Yo también te quiero —lo abrazó fuerte.
Ese amor era real. Por eso aceptaba el trato.
Ares vio cómo Lena abrazaba a Harry. Pero esta vez la vio diferente, esa ternura era nueva. Nunca se la vio a la antigua Lena.
Apartó la vista. No importaba. Ya sabía que todo eso era parte de un juego.
*****
Al anochecer, mientras se preparaba para la gala, Lyanna se miró en el espejo. No se reconocía. El vestido de diseñador, el maquillaje perfecto... era Lena Valerián. No, Lyanna Harrison. —¿Lista? —La voz de Ares sonó desde la puerta Ella asintió, sin volverse, por lo que no pudo ver que él la observaba con una leve expresión de deseo que intentó disimular. Él se acercó. Su reflejo apareció junto al suyo en el espejo. —Recuerda nuestro trato —murmuró, besando con suavidad uno de sus hombros y provocando un sinfín de sensaciones en ella que nunca antes había experimentado. Lyanna contuvo la respiración. Su tacto era cálido, pero sentía como si una serpiente se estuviera enrollando alrededor de su cuello. —No te preocupes —dijo, mirándolo a través del espejo—. Sabré cumplir mi papel. Ares sonrió, satisfecho. Pero en sus ojos había algo más... algo que parecía admiración. O tal vez solo era otra capa de su juego perverso. Bajaron las escaleras juntos. El chofer los esperaba. Lyanna tomó aire. Esta sería la primera de muchas noches fingiendo. Mientras el auto se alejaba de la mansión, supo que acababa de vender su alma. Pero por Harry, lo haría mil veces más. Por fin llegaron a su destino, el salón del museo brillaba con luces y joyas. Lyanna permanecía sentada como una estatua, su sonrisa perfectamente ensayada. Ares, a su lado, era la imagen del poder y la elegancia. —Iré por un champán —ordenó Ares, antes de volverse hacia Lyanna—. No te muevas de aquí. Él se alejó. Lyanna respiró aliviada, pero la calma duró poco. Un hombre alto y con mirada ebria se acercó tambaleándose. —¡Lena! Mi amor —gritó, atrayendo miradas—. ¿Ya me olvidaste tan rápido? Hiciste que me enamorara de ti y ahora me desprecias. ¿Qué quieres para que seas mía? Lo que me pidas te lo doy. Lyanna se puso pálida. —Disculpe, no lo conozco. El hombre se río burlonamente. —¿Ahora juegas a la inocente? —agarró su brazo con fuerza—. La última vez en el baño del club no te quejaste. Ella intentó zafarse. —¡Suélteme! —¿Crees que puedes rechazarme? —su voz se volvió áspera—. ¡Eres la misma zorra de siempre! La gente comenzó a mirar, mientras Lyanna sentía las miradas quemándole la piel. Los murmullos crecían. —¿No es la esposa del señor Valerián? —preguntó una mujer. —Dicen que se fue con otro hace meses. Esa mujer es una perdida —respondió otra. Lyanna temblaba. —No soy esa mujer. Me está confundiendo. ¡Suélteme! Pero el hombre la sujetó más fuerte. —Ven, vamos a recordar lo bien que la pasamos. El hombre la agarró con fuerza mientras intentaba besarla y ella luchaba por zafarse. De repente, unos pasos se escucharon y el grito de Ares llenó el lugar. —¡¿Qué diablos significa esto, Lena?! —exclamó enfurecido. Ella se apartó con el rostro pálido, sus piernas temblando. —Ares… te juro que no es lo que parece —susurró ella. Ares no la escuchó. Ni una palabra. Su mirada bajó lentamente hasta el brazo de Lyanna, donde el hombre aún la sostenía. Entonces lo empujó con tal fuerza que el tipo cayó contra una mesa, derramando copas y champán, bandejas. El sonido del cristal rompiéndose hizo que todos guardaran silencio. Ares dio un paso hacia ella, respirando por la nariz, con los ojos grises, ardiendo de furia contenida. —¿No es lo que parece? —repitió con una risa amarga, su rostro a centímetros del de ella—. Siempre tienes una excusa. Siempre. —Ares, me confundió con otra… —¡Cállate! —gruñó, con voz baja y peligrosa—. Ni una palabra más. Las cámaras captaban cada movimiento, los flashes los envolvían como cuchillos. Greta, desde la distancia, sonreía apenas. Lyanna intentó soltarse, pero él apretó más fuerte. —Me estás haciendo daño —murmuró, con la voz quebrada. —Aprende a soportarlo —respondió él, sin apartar la vista—. Así tal vez empieces a entender lo que es la vergüenza. El silencio del salón era total. Todos los ojos estaban sobre ellos. Ares se inclinó y le susurró al oído. —No me arruines frente a ellos, Lena. No te atrevas. Lyanna lo miró con rabia contenida. —No necesito arruinarte —susurró—. Ya lo haces tú solo. Él la soltó de golpe, respirando con fuerza. La copa de champán que tenía en la mano se rompió entre sus dedos. La sangre y el cristal cayeron al suelo al mismo tiempo. —Vámonos —ordenó con la voz baja, cargada de ira. Lyanna se quedó inmóvil. Los murmullos volvieron, y las cámaras seguían disparando. Pero ella no bajó la cabeza. Lo miró directo a los ojos. Fría. Digna. —Te juro que vas a arrepentirte de haberme tocado así. Ares no respondió. Solo la tomó de la muñeca una vez más y la arrastró hacia la salida. La multitud se abrió para dejarlos pasar, como si asistieran a una ejecución. Y justo antes de que la puerta del salón se cerrara detrás de ellos, Greta sonrió para sí misma y eso que el golpe más grande aún estaba por llegar.






