Alonso no dijo nada más. Solo le guiñó el ojo.
Fue un gesto mínimo, casi descuidado, pero cargado de intención. Después se dio la vuelta y se alejó de la cocina con pasos tranquilos, seguros, como si no acabara de dejar a Vega desarmada en medio de la madrugada.
Ella se quedó allí.
Las manos aún le temblaban ligeramente, apoyadas en la encimera. Sus labios conservaban el eco del beso, una sensación tibia, peligrosa, que no se iba con facilidad. Cerró los ojos un segundo, respiró hondo y se m