Mundo de ficçãoIniciar sessãoElena Rossi buscaba libertad; un escape de las deudas y el caos que amenazaban con hundir a su familia. Un viaje fotográfico por el mundo era su boleto hacia un nuevo comienzo, pero en los rincones más exclusivos del planeta, la libertad es un lujo que tiene un precio muy alto... y ella acaba de pagarlo con su destino. Su mundo se quiebra ante tres sombras de poder, por un lado, un emir árabe cuya voluntad es ley. Dominante y obsesivo, no ve en Elena a una mujer, sino una joya que el desierto ha reclamado para su palacio. Para él, "no" es solo una invitación a perseguirla con más fuerza. Luego un heredero griego de sonrisa letal y manos peligrosas. Le ofrece un refugio de seda y protección, pero tras su carisma se esconde una red de venganza que amenaza con consumirla a ella primero. por último un magnate italiano que habita entre las sombras del lujo. Irresistible e inquietante, conoce los secretos que Elena guarda bajo llave y parece haber estado acechándola mucho antes de que sus caminos se cruzaran. Huir es su instinto. Quedarse es su tentación. Pero cuando el mundo entero les pertenece a ellos... ¿realmente existe un lugar donde esconderse?
Ler maisRoma siempre había sido para Elena Rossi una ciudad de contrastes, el eco de la gloria imperial mezclado con el caos del tráfico moderno y el aroma a café recién tostado en cada esquina de Trastevere. Pero esa noche, la Ciudad Eterna se sentía distinta. El cielo se había teñido de un gris plomizo, y una lluvia fina, pero persistente, comenzaba a humedecer los adoquines antiguos, dándoles un brillo especular que reflejaba las luces de neón y los faros de los coches de lujo que desfilaban hacia la Villa Borghese.
Elena ajustó la correa de su cámara Nikon sobre el hombro. Sus dedos, entumecidos por el frío húmedo, revisaron por quinta vez la tarjeta de memoria. No podía fallar. Aquella gala de la alta costura no era solo un encargo de trabajo; era su última balsa de salvamento. Su familia, atrapada en una espiral de deudas tras el colapso del negocio de antigüedades de su padre, dependía de que ella lograra las fotos exclusivas que la revista Vogue Italia le había prometido comprar a un precio desorbitado. —Solo una noche más, Elena. Solo una noche y podrás enviar el primer pago —se susurró a sí misma, intentando ignorar el nudo de ansiedad que se apretaba en su estómago. Al llegar a la entrada de la villa, el despliegue de opulencia la golpeó como una bofetada. Hombres con esmóquines hechos a medida y mujeres envueltas en sedas y diamantes bajaban de Ferraris y Lamborghinis. Ella, con su sencillo vestido negro y su chaqueta de cuero desgastada, se sentía como una intrusa en un templo de dioses dorados. El evento estaba en su apogeo. El champán fluía y las risas educadas llenaban el aire perfumado con gardenias. Elena comenzó a trabajar, moviéndose con la agilidad de una sombra. Su ojo artístico buscaba lo que otros fotógrafos ignoraban: el detalle de una lágrima de cristal en una lámpara, el roce de una mano sobre una cintura, la mirada de envidia escondida tras una máscara de cortesía. Fue entonces cuando lo vio. En el centro del salón principal, rodeado por un círculo de admiradores que mantenían una distancia respetuosa, estaba él. Matteo De Luca. Elena había oído hablar del "Príncipe de la Moda Italiana", pero las fotografías de los periódicos no le hacían justicia. Era un hombre que parecía haber sido esculpido en mármol y fuego. Su cabello oscuro estaba peinado con una precisión militar, y sus ojos, de un azul tan profundo que rozaba el cobalto, analizaban la estancia con una inteligencia fría y calculadora. Emanaba un aura de peligro contenido, como un depredador que se permite el lujo de ser elegante antes de atacar. Elena, fascinada por la composición de la luz que caía sobre el perfil de Matteo, levantó su cámara. Enfocó. En el visor, el rostro de Matteo llenó su mundo. Él estaba sonriendo a una modelo de renombre, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos. Justo cuando Elena iba a presionar el obturador, ocurrió lo inesperado. Como si hubiera sentido el peso de su lente sobre él, Matteo giró la cabeza. A través del visor de la cámara, Elena sintió que el tiempo se detenía. Sus miradas se cruzaron. No fue un encuentro casual; fue un choque. Ella se quedó congelada, con el dedo suspendido sobre el botón, mientras Matteo la observaba con una curiosidad repentina y depredadora. Asustada por la intensidad, Elena bajó la cámara rápidamente y dio un paso atrás, tropezando con el borde de una alfombra persa. El equilibrio se le escapó. Por un segundo, vio el suelo de mármol acercándose peligrosamente, y el pánico de que su cámara, su único sustento, se hiciera añicos la invadió. Pero el impacto nunca llegó, un brazo firme y cálido rodeó su cintura con una fuerza asombrosa, sosteniéndola justo antes de caer. Elena soltó un suspiro ahogado y levantó la vista, solo para encontrarse a escasos centímetros del rostro de Matteo De Luca. El aroma de su perfume, una mezcla de madera de sándalo, tabaco caro y algo metálico, la envolvió por completo. —Cuidado, piccola —dijo él. Su voz era un barítono profundo, con una textura aterciopelada que vibró en el pecho de Elena —Sería una tragedia que una mirada tan hermosa terminara en el suelo por un descuido. Elena sintió que el calor subía por su cuello. Intentó zafarse de su agarre, pero él no la soltó de inmediato. Sus dedos largos, adornados con un anillo de sello antiguo, se cerraron con suavidad pero firmeza sobre su antebrazo. —Yo... lo siento. Gracias, signore De Luca —logró articular ella, con la voz temblorosa. —¿Me conoces? —preguntó él, ladeando la cabeza con una sonrisa que ahora sí parecía divertida. —Todo el mundo en Roma sabe quién es usted —respondió ella, recuperando un poco de su compostura —Es difícil ignorar al dueño de medio distrito de la moda. Matteo soltó una carcajada baja que hizo que los vellos de los brazos de Elena se erizaran. La soltó lentamente, pero se mantuvo en su espacio personal, ignorando a la multitud que los observaba con curiosidad. —Y sin embargo, tú me miras de una manera distinta. No buscas mi billetera, ni mi influencia. Buscas mi luz. Eres fotógrafa. —Solo hago mi trabajo —dijo ella, abrazando su cámara contra el pecho como un escudo. —Tu trabajo es excelente —sentenció Matteo, acercándose un paso más —He visto algunas de tus publicaciones independientes en la revista L’Immagine. Tienes un talento crudo para capturar la soledad en medio del lujo. Es... interesante. Casi tanto como tú. Elena no sabía cómo responder. Que un hombre de la talla de Matteo De Luca conociera su trabajo era impensable. Sintió una mezcla de halago y una alarma instintiva. Había algo en la forma en que él la miraba, como si la estuviera diseccionando, como si pudiera leer las deudas y el miedo que ella ocultaba tras su lente. —Debo seguir trabajando —dijo ella, intentando huir de la presión de su presencia. —No tan rápido, Elena Rossi —el uso de su nombre completo la detuvo en seco. Ella no se lo había dicho —Mañana por la mañana, mi asistente enviará un coche a tu dirección. Tengo una colección privada que necesita ser documentada antes de su lanzamiento en Milán. El pago será diez veces superior a lo que Vogue te pagará por las fotos de esta noche.Elena sintió que las paredes de mármol translúcido, bañadas por el sol dorado de Dubái, comenzaban a cerrarse sobre ella como una tumba de cristal. El aire acondicionado, perfecto y gélido, le producía escalofríos, pero no de frío, sino de una impotencia que le quemaba los pulmones. Aquel lujo no era una atención; era una mordaza de seda. Caminó con paso decidido hacia las imponentes puertas de madera de sándalo con incrustaciones de nácar. Sus manos temblaban ligeramente mientras accionaba el pesado picaporte de oro. Al abrirse, el eco de su desesperación se encontró con la inmovilidad de la roca. Dos guardias de la unidad de élite de Amir, vestidos con uniformes oscuros de corte militar y rostros que parecían tallados en granito, bloquearon el paso al instante. Sus posturas eran impecables, sus ojos ocultos tras gafas tácticas que reflejaban la imagen de una Elena desaliñada y angustiada. —Disculpe, my lady —dijo el guardia de la derecha, cuya voz era tan profunda y carente de
—No necesito que me creas hoy —respondió Amir con una sonrisa enigmática —Tienes todo lo que desees a tu disposición. Ropa, joyas, la mejor comida del mundo. Pero no intentes salir de esta suite sin mi permiso. El desierto es hermoso, pero no perdona a los que caminan sin guía. Amir se retiró, dejándola sola en la inmensidad de la suite de lujo. Elena se acercó a una mesa de ébano donde reposaba su cámara Nikon, extrañamente intacta. Al encenderla, descubrió que la tarjeta de memoria había sido reemplazada. Solo había una foto en la memoria. Era una imagen satelital en tiempo real de una pequeña villa en la Toscana. Su casa familiar. Frente a la puerta, dos coches de seguridad con el logo de Al-Hadid hacían guardia. Debajo, un mensaje de texto apareció en la pantalla de la cámara. "Tu familia está a salvo bajo mi protección. Su seguridad depende de tu obediencia. No me obligues a retirar mis sombras, Elena." Elena dejó caer la cámara sobre la alfombra de seda. El Emir no
Un hombre saltó a la nieve sin necesidad de escaleras. Vestía una túnica oscura que ondeaba con el viento de las hélices. Caminó hacia ellos con una elegancia que desafiaba el terreno accidentado. Amir Al-Hadid se detuvo a pocos metros. No llevaba armas. No las necesitaba. Detrás de él, una docena de hombres armados hasta los dientes formaron un semicírculo perfecto. —Matteo, siempre fuiste un pésimo estratega —dijo Amir, su voz resonando con una autoridad divina sobre el ruido de los motores —Has destruido un helicóptero de diez millones de dólares solo para retrasar lo inevitable. Matteo intentó dar un paso al frente, pero se tambaleó. Elena lo sostuvo con fuerza. —Ella no irá contigo, Amir —mascó Matteo con sangre en los dientes. Amir ignoró al italiano y fijó su mirada en Elena. Sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de triunfo y una ternura que resultaba más aterradora que cualquier amenaza. —Elena Rossi. Has corrido por medio mundo para terminar exactamente donde e
Matteo levantó la vista. Por primera vez, Elena no vio arrogancia, sino una determinación feroz mezclada con algo que se parecía mucho al miedo. —Lejos de aquí, Elena. Pero el mundo se está volviendo muy pequeño para nosotros —respondió Matteo. —Él dijo que tú me pusiste en peligro —le recriminó Elena, recordando las palabras de Nikos. Matteo cerró los ojos un instante. —Yo solo quería proteger el secreto de tu padre, Elena. Pero el Emir... él no quiere el secreto. Él te quiere a ti como la llave para abrir una puerta que yo juré mantener cerrada —explicó Matteo en un susurro apenas audible sobre el ruido del motor. Elena miró hacia abajo. El mar Egeo estaba salpicado de luces de persecución. Al fondo, en el horizonte, las luces de un jet privado de gran envergadura descendían hacia el aeropuerto de Atenas. El cazador no venía solo. Venía con todo su imperio. —Si él es tan poderoso como dices —dijo Elena, mirando a Matteo con una nueva dureza en los ojos—, ¿por qué





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