Mundo ficciónIniciar sesión“Regla número uno: Nunca dejes de usar el perfume de mi esposa. Regla número dos: Nunca cierres la puerta de tu habitación con llave. Regla número tres: Si descubro que intentas engañarme, desearás haber muerto en su lugar". Sloane Mercer no es una criminal, pero la desesperación tiene un precio. Con la vida de su hermano pendiendo de un hilo y una deuda médica de siete cifras, acepta firmar un contrato con el diablo. Su trabajo parece macabro pero sencillo: mudarse a la lúgubre Mansión Graves, usar la ropa de una muerta y convertirse en la copia exacta de Charlotte, la difunta esposa del temido magnate naviero Malachi Graves. Malachi es un hombre envuelto en sombras. Tras el misterioso "accidente" que le arrebató a su esposa y lo dejó sumido en una ceguera absoluta, se ha convertido en un monstruo calculador, frío y despiadado. Él necesita a la impostora perfecta para engañar a una junta directiva que busca arrebatarle su imperio. Sin embargo, al cruzar las pesadas puertas de caoba de la mansión, Sloane se da cuenta de que la jaula de oro es en realidad una trampa mortal.
Leer másSolo el aroma de Malachi —pólvora, madera quemada y ese toque metálico de su sangre— me mantenía conectada a la realidad.Su mano era una garra de acero sobre mi boca, pero no me lastimaba. Me protegía.Sentí el metal frío de una pistola Glock siendo depositado en mi mano derecha. Mis dedos se cerraron sobre ella por puro instinto, aunque me temblaban tanto que casi se me cae.—Escúchame —susurró en mi oído, su voz una vibración cargada de autoridad—. Van a venir tres hombres más por el ala norte. Dispara si se acercan a menos de dos metros. No falles.—No sé usar esto, Malachi —logré articular, con el corazón golpeando mis costillas como un martillo.—Aprenderás rápido si quieres ver a tu hermano mañana —sentenció.El sonido de botas militares resonó sobre el linóleo del hospital. Eran rápidos, profesionales. No eran simples matones de Arthur; eran mercenarios.Malachi se separó de mí con una fluidez aterradora.Desapareció en la negrura total, moviéndose como un fantasma. Apenas un
El sonido de los monitores cardíacos era lo único que existía en mi universo.Un pitido constante. Rítmico. Irritante.Abrí los ojos con dificultad. La luz blanca del hospital me cegó al instante, y sentí un pinchazo agudo en el brazo izquierdo.—No te muevas —ordenó una voz ronca a mi lado.Malachi.Estaba sentado en una silla de cuero junto a mi cama. Tenía la camisa arremangada hasta los codos y el rostro marcado por ojeras profundas.No llevaba la venda. Sus ojos grises, fríos y penetrantes, me estudiaban como si fuera una pieza de artillería que acaba de disparar.—¿La niña? —pregunté, con la voz seca como el papel de lija.—Está bien —respondió él, sin un gramo de calidez—. Sus padres están agradecidos. Tú, en cambio, has estado fuera durante treinta y seis horas.Intenté incorporarme, pero un dolor punzante en la espalda me obligó a soltar un jadeo.—La herida es profunda —dijo Malachi, levantándose—. Los cirujanos tuvieron que extraer esquirlas de cristal de tu omóplato. Casi
La voz de Malachi era un murmullo letal contra mi oído, mientras sus dedos se enterraban en mi cintura con una fuerza que prometía dejar marcas.El vals seguía sonando. Un torrente de violines que en ese momento me pareció la banda sonora de mi propio funeral.A nuestro alrededor, la élite del país bailaba ajena al drama que se desarrollaba en el centro de la pista. Sus risas y el tintineo de sus joyas eran ruidos distantes, casi irreales.—No sé de qué hablas —mentí, aunque el pequeño frasco que Arthur me había dado quemaba contra la palma de mi mano oculta entre su hombro y mi pecho.Malachi soltó una risa seca, una vibración que sentí directamente en mis pulmones.—Sigues siendo una mentirosa pésima. Puedo oler el químico desde aquí. Y puedo sentir el sudor frío en tu nuca.Me obligó a dar un giro brusco. Mi vestido rojo sangre ondeó en el aire como una herida abierta.—Arthur te mostró el video, ¿verdad? —continuó él, su tono volviéndose gélido—. Te dijo que yo encendí la cerilla.
El mundo se detuvo. Mi corazón, que hace un segundo golpeaba con fuerza contra mis costillas, pareció congelarse en un solo latido agónico.Malachi Graves no estaba ciego.Sus ojos, de un gris tormentoso y afilado, no buscaban el vacío. Estaban fijos en mi reflejo. Me diseccionaban a través del espejo con una intensidad que me hizo sentir desnuda, a pesar de la bata que me cubría.—Te dije que no cerraras la puerta, Sloane.Su voz era un susurro letal, despojado de la falsa vulnerabilidad que había mostrado antes.Me quedé petrificada en el umbral. El cuchillo en su mano brilló bajo la luz de la lámpara. La sangre, roja y espesa, comenzó a brotar de la palma de su mano, goteando sobre el mármol blanco de la mesa de noche.—Entra —ordenó. No fue una invitación. Fue un mandato que mis músculos obedecieron antes que mi mente.Di un paso hacia el interior de la habitación. El olor a whisky era más fuerte aquí, mezclado con el aroma ferroso de la sangre fresca.—Cierra la puerta —dijo él,





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