Mundo ficciónIniciar sesión“Regla número uno: Nunca dejes de usar el perfume de mi esposa. Regla número dos: Nunca cierres la puerta de tu habitación con llave. Regla número tres: Si descubro que intentas engañarme, desearás haber muerto en su lugar". Sloane Mercer no es una criminal, pero la desesperación tiene un precio. Con la vida de su hermano pendiendo de un hilo y una deuda médica de siete cifras, acepta firmar un contrato con el diablo. Su trabajo parece macabro pero sencillo: mudarse a la lúgubre Mansión Graves, usar la ropa de una muerta y convertirse en la copia exacta de Charlotte, la difunta esposa del temido magnate naviero Malachi Graves. Malachi es un hombre envuelto en sombras. Tras el misterioso "accidente" que le arrebató a su esposa y lo dejó sumido en una ceguera absoluta, se ha convertido en un monstruo calculador, frío y despiadado. Él necesita a la impostora perfecta para engañar a una junta directiva que busca arrebatarle su imperio. Sin embargo, al cruzar las pesadas puertas de caoba de la mansión, Sloane se da cuenta de que la jaula de oro es en realidad una trampa mortal.
Leer másEl rugido de los motores Rolls-Royce del Gulfstream G650 disminuyó su intensidad a medida que el jet privado descendía de forma pronunciada hacia las aguas de un azul cobalto profundo del mar Mediterráneo. Atrás quedaban la negrura polar de los montes Urales, la ceniza radiactiva de la incubadora clonada que habíamos destruido bajo el permafrost siberiano y las ruinas milenarias de la abadía de Montecassino. El sol del mediodía de Malta y la costa italiana caía con una violencia cegadora sobre los cristales de la cabina, tiñendo el ambiente de un tono dorado que contrastaba de manera casi obscena con el frío metálico que aún impregnaba mi ropa táctica y las heridas mal curadas del cuerpo masivo de mi esposo.Miré la pantalla central del avión, donde la transmisión de seguridad interceptada por la Sra. Halloway continuaba reproduciéndose en un bucle perverso de alta definición.Mis ojos no podían dar crédito a lo que veían. Mis manos, entrelazadas con las de Malachi, se congelaron por
El estruendo del cristal de la incubadora central fracturándose bajo la presión del pulso térmico resonó en la catedral de hormigón del *Proyecto Perséfone* como el disparo de un cañón. El líquido amniótico, espeso y translúcido, se derramó en una ola gélida sobre el suelo de la sala, evaporándose en una neblina densa de ozono y condensación siberiana.A través del vapor helado, la réplica de Sloane Mercer dio su primer paso sobre la tierra. Estaba desnuda, con la piel de porcelana brillando bajo los destellos dorados de las luces de emergencia analógicas que parpadeaban en el techo del búnker. Sus movimientos no eran los de un recién nacido desorientado; eran fluidos, atléticos y cargados de una gracia depredadora que me heló la sangre. Levantó el fusil táctico con una soltura que delataba que la memoria muscular de Malachi se había grabado a fuego en cada uno de sus tendones clonados.Sus ojos grises, agudos y perfectamente enfocados, se clavaron en el pecho de mi esposo. La réplica
Dentro de la cabina de superlujo, el diseño minimalista de cuero blanco y madera de nogal se sentía como una prisión de alta tecnología.La farsa del contrato de alquiler en Manhattan y los millones de Wall Street se habían evaporado, dejando al descubierto los engranajes oxidados de una maquinaria mucho más antigua, oscura y violenta.Miré mis manos, apoyadas sobre la mesa de caoba. Estaban temblando. El platino de mi anillo de bodas reflejaba la luz parpadeante de las pantallas de control que Halloway había desplegado en el mamparo central del avión. En el cuadrante de control financiero, una línea vertical de color rojo sangre caía sin control, devorando los dígitos de nuestras cuentas de seguridad en Singapur. Cero. Cero. Cero. El capital que Malachi Graves había acumulado quebrando bancos y absorbiendo corporaciones internacionales estaba desapareciendo en el éter digital a una velocidad que desafiaba la física de las redes cuánticas.Y no era Pekín quien lo estaba haciendo. No e
El rugido de las palas del helicóptero de evacuación médica cortaba el aire de la mañana con una cadencia metálica y monótona. Dejamos atrás las cumbres escarpadas de los Apeninos y las columnas de humo negro que aún se elevaban de las ruinas de la abadía de Montecassino, devoradas por el fuego y el colapso de sus propias estructuras cuánticas.El sol del amanecer, un disco pálido y frío, se filtraba por las ventanillas de la cabina, tiñendo de un gris plateado el rostro de Malachi. Estaba sentado a mi lado, con el torso desnudo bajo una manta térmica que los paramédicos de Halloway le habían colocado a la fuerza. Las heridas de su pecho y las líneas moradas de sus costillas fracturadas contrastaban con la blancura de su piel, pero su postura seguía siendo la de un monarca en su trono de hierro. Sus ojos grises, fijos en la pantalla central que Halloway mantenía encendida, no parpadeaban. Una fijeza peligrosa, casi inhumana, se había instalado en sus pupilas desde que escuchó la palab
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