El silencio dentro del vehículo era denso, casi sólido. Alonso Trovatto estaba sentado en la parte trasera, impecable como siempre: traje oscuro, líneas perfectas, postura recta. Pero había algo distinto en él. Algo que no se veía a simple vista y, aun así, resultaba imposible de ignorar. El teléfono vibró una sola vez.
Bastó eso. Para sacar a Alonso Trovatto de sus pensamientos. El hombre deslizó el dedo por la pantalla con calma absoluta. Demasiada calma. Leyó el primer titular sin parpadear.