La noche avanza sobre la ciudad con una calma engañosa. Desde el piso alto del edificio Scalyne, Theodore observaba las luces como si fueran piezas de un tablero que se le había escapado de las manos.
Su oficina estaba en penumbra. No había encendido más que una lámpara lateral. El vaso de whisky permanecía intacto sobre el escritorio, pero el hielo ya se había derretido. No bebía. No dormía. No pensaba con claridad.
Vega. Ese nombre le quemaba la lengua incluso en silencio. No aceptando perder