El rugido del avión privado rasgó el cielo de Alborada antes incluso de que el amanecer terminara de asentarse sobre la ciudad.
La pista estaba despejada.
Todo había sido preparado con precisión quirúrgica.
Cuando la puerta del jet se abrió, la figura de Alonso Trovatto apareció en lo alto de la escalinata. Vestía completamente de negro. El abrigo largo caía perfectamente sobre sus hombros, su cabello estaba impecable, pero su rostro… su rostro era otra historia.
No había rastro de calma.