La tarde caía lentamente sobre la ciudad cuando Carlos Montero entró a su despacho privado.
Las luces estaban apagadas, pero la penumbra no le molestaba. De hecho, la prefería. El silencio del lugar parecía ajustarse perfectamente al estado de su mente.
La puerta se cerró detrás de él con un sonido seco.
El despacho era amplio, elegante, con muebles de madera oscura y una gran ventana que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Sobre el escritorio reposaba una carpeta gruesa que había llegad