El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando abrí los ojos por enésima vez. El silencio de la Villa del Roble era tan denso que parecía un ruido constante, como un zumbido que no se iba nunca.
Mañana era domingo.
Un domingo distinto a todos los que había conocido.
Los domingos, antes, eran días de espera.
De ilusión inútil.
Cerré los ojos con fuerza y, como siempre, Theodore apareció. Joven. Impecable. Inalcanzable.
Recordé cómo me había esforzado por ser suficiente. Cómo había creído