El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando abrí los ojos por enésima vez. El silencio de la Villa del Roble era tan denso que parecía un ruido constante, como un zumbido que no se iba nunca.
Mañana era domingo.
Un domingo distinto a todos los que había conocido.
Los domingos, antes, eran días de espera.
De ilusión inútil.
Cerré los ojos con fuerza y, como siempre, Theodore apareció. Joven. Impecable. Inalcanzable.
Recordé cómo me había esforzado por ser suficiente. Cómo había creído —con una ingenuidad que ahora me avergonzaba— que el amor se construía si una insistía lo bastante. Que podía conquistarlo con paciencia, con lealtad, con silencio.
Qué estúpida fui.
Recordé sus desprecios disfrazados de indiferencia.
Sus humillaciones públicas.
Las noches en que dormí sola en una cama matrimonial mientras él estaba “ocupado”.
Las veces que me miró como si yo fuera un error administrativo.
Negué con la cabeza, como si así pudiera sacarlo de mi mente.
No.
No iba a permiti