La tormenta golpeó con un trueno tan violento que los ventanales vibraron como si fueran a hacerse añicos. La mansión entera parecía respirar de forma irregular, acompasando su estructura al pulso frenético del clima. Afuera, el cielo era una masa negra desgarrada por relámpagos blancos; adentro, el infierno estaba ocurriendo de pie, frente a frente.
Kevin Hill no pestañeó cuando Dulce terminó su confesión.
No respiró.
No reaccionó como un hombre herido.
No reaccionó como un hombre traicionado.
Reaccionó como un depredador que, tras semanas de contención, finalmente reconocía a su presa.
Su voz salió peligrosa, demasiado baja:
—Admites, entonces, que eres un monstruo.
Dulce sonrió. La sangre en su mano vendada ya corría por su muñeca, gota tras gota, manchando el mármol blanco como un rastro de locura. Su mirada estaba completamente desquiciada, pero al mismo tiempo calculadora. Conocía el peligro que tenía enfrente, y sin embargo se mantenía firme.
—Kevin, amor… —susurró con