La mañana comenzó con una luz suave filtrándose por las cortinas de lino, como si el mundo no supiera —o no quisiera saber— que algo estaba por romperse.
Leah despertó con una sensación extraña en el cuerpo. No era exactamente dolor, sino una inquietud sorda que se extendía desde el vientre hasta el pecho. Se quedó quieta unos segundos, respirando. Habían pasado apenas tres semanas desde que aquella pequeña línea rosa apareciera en la prueba y cambiara el ritmo de su corazón. Tres semanas de