La tarde caía dorada sobre el jardín trasero de la casa Hill Presley. El césped estaba tibio por el sol y las flores blancas que bordeaban la terraza parecían pequeñas estrellas despiertas. En medio de aquel paisaje tranquilo, tres niños se encontraban sentados en una manta azul extendida bajo la sombra de un viejo roble.
A su alrededor, tres perritos jugaban sin descanso.
Uno era un cachorro dorado y esponjoso que respondía al nombre de Sol. Otro, pequeño y blanco como una nube, se llamaba