En la vasta extensión verde de la Hacienda Hill, donde el sol parecía posarse con más cariño que en cualquier otro rincón del mundo, tres pequeños conspiradores planeaban lo que, en sus cabezas, era la aventura más gloriosa del verano.
Emily, con sus trenzas desordenadas y rodillas siempre raspadas, era la mente brillante detrás de la mayoría de las ideas imprudentes. Isabella, dulce pero testaruda como una mula cuando se lo proponía, jamás aceptaba un “no” como respuesta. Y Kevin… bueno, Kev