La casa em Barcelona estaba sospechosamente silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Arturo, con su taza de café en la mano y su expresión de adulto responsable número uno, caminaba por el pasillo con cautela. Se había quedado encargado de los bebés mientras Kevin y Leah cierran un trato en Madrid.
—Este silencioso engañoso no me gusta —murmuró.
En la sala, detrás del sofá, tres pares de ojos brillaban como gemas: celestes y azules, llenos de conspiración.
—Emily, ¿estás lista? —susurró Isabella,