La prisión nunca dormía, pero aquella noche estaba más silenciosa que de costumbre. No era un silencio de paz, sino uno espeso, cargado de resignación. El tipo de silencio que solo existe cuando el miedo ya no grita porque ha aprendido que nadie vendrá a salvarlo.
Carlos Beira seguía vivo.
Eso era, quizá, el castigo más cruel.
La celda era fría, angosta, sin más compañía que una cama de metal oxidado y el eco de sus propios pensamientos. Había perdido peso, autoridad y nombre. Allí no era