La lluvia caía con una rabia casi salvaje, azotando los ventanales de la Mansión Hill, mientras el viento aullaba como si anunciara un presagio oscuro. En el interior, apenas iluminado por lámparas cálidas, el cuerpo de Kevin Hill yacía tendido en el suelo, inconsciente. La sangre que seguía brotando de su costado formaba un charco oscuro que se mezclaba con el reflejo tembloroso de los relámpagos que atravesaban la habitación.
Su respiración era irregular, su piel estaba empapada en sudor frío… y su teléfono vibraba una y otra vez sin respuesta.
A varios kilómetros de allí, en otra propiedad,, Dulce acababa de instalarse en la antigua Villa Winchester. La tormenta se escuchaba igual de feroz, pero a ella no parecía importarle. Caminaba descalza sobre el piso de mármol, con una copa de vino tinto en la mano envuelta en un vendaje improvisado. Su vestido oscuro se pegaba a su figura, y cada paso que daba rezumaba una extraña calma venenosa. Su mano vendada le daba un aura aún más pelig