La lluvia caía con una rabia casi salvaje, azotando los ventanales de la Mansión Hill, mientras el viento aullaba como si anunciara un presagio oscuro. En el interior, apenas iluminado por lámparas cálidas, el cuerpo de Kevin Hill yacía tendido en el suelo, inconsciente. La sangre que seguía brotando de su costado formaba un charco oscuro que se mezclaba con el reflejo tembloroso de los relámpagos que atravesaban la habitación.
Su respiración era irregular, su piel estaba empapada en sudor frío