El comedor de la mansión estaba sumido en un silencio tenso, solo roto por el tintineo de la plata contra la porcelana. Ángelo observaba a Cassandra desde el otro extremo de la mesa. Ella, siempre tan vital, apenas había probado bocado, su piel lucía de un tono traslúcido, casi cerúleo, y cada vez que el aroma del estofado de cordero llegaba a ella, arrugaba la nariz con una mueca de asco que intentaba disimular.
—No has comido nada, rebelde —dijo Ángelo, dejando su copa de vino sobre la mesa—.