En la sala de monitoreo de la mansión, Marco le mostró a Cassandra las imágenes en tiempo vivo de la fiesta de Isabella. Cassandra observaba con los puños apretados cómo esa mujer brindaba sobre un ataúd que contenía un muñeco con el rostro de su esposo.
—Mírala... —siseó Cassandra, su voz era un hilo de veneno—. Cree que ha ganado. Cree que el rey está bajo tierra mientras ella bebe su vino. Marco, llévame al sótano. Necesito que alguien pague por cada risa de esa maldita.
El sótano olía a cob