En el área médica de la mansión, el silencio solo era interrumpido por el zumbido de las máquinas. El Doctor Arrieta entró para llevar a Ángelo a la sala de rehabilitación privada. Mientras lo ayudaba a acomodarse, notó un brillo diferente en los ojos del jefe.
—Arrieta... anoche pasó algo —confesó Ángelo, su voz vibrando con una emoción contenida—. Logré ponerme de pie, solo fueron unos segundos antes de que mis piernas cedieran, pero sentí el peso de mi cuerpo sobre mis propios pies.
Arrieta