El reloj en la pared del pasillo marcó las 12:00 con un tic seco. La mansión estaba en silencio, solo interrumpido por el lejano rumor del océano y el viento golpeando las ventanas altas. Ángelo estaba en su habitación principal, la silla de ruedas girada hacia el armario abierto. Marco —su hombre de confianza— terminaba de ajustar la corbata negra sobre la camisa oscura de Ángelo, mientras otro guardia cargaba el maletín con armas y documentos.
Ángelo miró su reflejo en el espejo de cuerpo en