El interior de la camioneta olía a cuero nuevo, tabaco caro y a ese aroma a sándalo que Clara ya empezaba a odiar... y a desear. La puerta se cerró con un vacío neumático, aislándolos del mundo escolar. Li Wei no se movió; simplemente la observó desde las sombras del rincón del asiento, con una pierna cruzada y los ojos fijos en ella como un halcón que ha atrapado a un gorrión.
—¿Te gusta jugar al escondite en el baño, pequeña? —su voz era un susurro gélido—. Porque aquí afuera no hay maestras