La medianoche cayó sobre Miami como una mortaja de plomo. El búnker subterráneo de las afueras, oculto bajo una procesadora de chatarra, vibraba con el zumbido de los generadores. El olor a grasa de armas y pólvora seca era asfixiante.
Ángelo Di Santi esperaba en las sombras, su silla de ruedas anclada frente a una mesa de mapas tácticos. Li Wei entró como un espectro, con la gabardina salpicada de una lluvia fina y los ojos inyectados en una frialdad asesina.
Wei se acercó a la mesa y arrojó u