La bodega estaba sumida en una penumbra pesada, rota solo por el parpadeo de una luz amarillenta en el techo. Los gritos de Elizabeth rebotaban en las paredes de concreto, cargados de una desesperación pura.
—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Digan algo! —gritaba ella, con la voz ya ronca, mientras se retorcía en la silla. Pero el silencio de los hombres de Marco era absoluto, una tortura psicológica que la hacía sentir que el fin estaba cerca.
El sonido de la pesada puerta de metal al abrirse hizo que Eliz