El sol de la mañana se coló por los ventanales de la cabaña del norte, iluminando una habitación que parecía el escenario de una hermosa batalla. Las sábanas estaban en el suelo, la bata de seda vino hecha jirones en una esquina y, en medio de la cama, Clara descansaba plácidamente con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Wei. El Dragón la rodeaba con un brazo posesivo, durmiendo con una sonrisa de absoluta satisfacción que rara vez mostraba. El día 41 había sido todo lo que prometía y más;