El consultorio ginecológico era un espacio de una pulcritud asfixiante. Cassandra estaba sentada en la camilla, envuelta en una bata de papel que crujía con cada uno de sus movimientos nerviosos. Sus ojos estaban fijos en un punto perdido de la pared, mientras el doctor realizaba el chequeo de rutina. Su mente, sin embargo, seguía atrapada en el baño de la villa, sintiendo todavía el ardor de la bofetada y el eco de la palabra "prostituta" perforándole el alma.
El especialista, un hombre mayor