ñMiami hervía bajo una humedad asfixiante. El Dr. Juan se deslizaba por el callejón trasero de la casa de la madre de Cassandra, con una navaja en el bolsillo y el odio nublándole el juicio. Se detuvo frente a la ventana de Clara, relamiéndose al pensar en el daño que le causaría para destruir a Cassandra.
No llegó a tocar el vidrio. Una mano enguantada lo tomó por el cuello y lo estrelló contra la pared de ladrillos.
—El doctorcito quiere jugar a los invasores —siseó Marco al oído de Juan, mie