El amanecer tiñó el cielo de tonos rosados y dorados cuando Ángelo abrió los ojos. Cassandra dormía acurrucada contra su pecho, desnuda, la pierna derecha ligeramente sobre su cadera inmóvil. El cabello oscuro le caía sobre la cara como una cortina de seda. Él la miró largo rato, memorizando cada detalle: la curva suave de su espalda, la marca roja que le había dejado en el cuello la noche anterior, el leve movimiento de sus labios al respirar.
No pudo resistirse. Bajó la cabeza y le besó el ho