Tras la salida de Cassandra, el doctor Arrieta entró en la habitación con su paso tranquilo de siempre. Encontró a Angelo sentado en la cama, la mandíbula apretada y la mirada fija en algún punto lejano, como si estuviera conteniendo una tormenta.
—¿Cómo va el progreso hoy, Angelo? —preguntó con ese tono clínico que nunca perdía.
Angelo soltó un bufido.
—Esa enfermera es un estorbo. Terca, no obedece ni una orden y cree que puede manejarme como le da la gana.
Arrieta suspiró y cruzó los brazos,