El restaurante del club era un despliegue de cristal reluciente y luces suaves que bailaban como estrellas falsas sobre la ciudad nocturna, pero para Isabella, las paredes se cerraban como una trampa invisible, ahogándola en su propia paranoia. Frente a ella, Leonardo cortaba su filete con la precisión fría de un carnicero, sus ojos fijos en el horizonte urbano como si ya estuviera contando su próximo imperio.
—Te digo que no es estrés, Leonardo. Escribió en el espejo. Él escribió en el espejo