Mientras en la mansión las hermanas lidiaban con sus secretos, en la clínica de los Alpes, el monitor cardíaco de Ángelo cambió su ritmo. El pitido constante se aceleró.
Bajo las sábanas térmicas, los dedos de la mano derecha de Ángelo se cerraron en un puño. Sus párpados temblaron violentamente hasta que, por fin, sus ojos verdes se abrieron, desenfocados por la potencia de los fármacos. Lo primero que vio fue al Doctor Arrieta inclinado sobre él.
—Bienvenido de nuevo, Ángelo —susurró el docto